POLIS – CIVITAS

Inicio » Posts tagged 'Filosofía política'

Tag Archives: Filosofía política

Anuncios

La Posmodernidad: según Jean-François Lyotard

La «Postmodernidad» según Jean-François Lyotard

Reseña sobre La condición postmoderna 1

Para el neófito que se aproxima a la críptica obra de Lyotard de que es objeto esta reseña, un título como: «What about the Postmodern? The Concept of the Postmodern in the Work of Lyotard»2, resulta claramente esperanzador. Sin embargo, las palabras con que tal artículo concluye resultan tan reveladoras como poco halagüeñas: «The complexity and inconclusiveness of the postmodern must subtend any attempt at providing a satisfactory answer to the question: what is the postmodern in the work of Lyotard?» Procuraré, a pesar de ellas, siquiera apuntar lo prometido desde el título de este trabajo.

La condición posmoderna | Jean-François Lyotard

En las primeras líneas de su capítulo introductorio Lyotard identifica el objeto de su estudio: la condición postmoderna, esto es, «la condición del saber en las sociedades más desarrolladas [y que] designa el estado de la cultura después de las transformaciones que han afectado a las reglas de juego de la ciencia, de la literatura y de las artes a partir del siglo XIX» (p.4). El «saber» y, en especial, sus «formas de legitimación» son el tema central del estudio de Lyotard; unas formas de legitimación que durante la Modernidad se sustentaron sobre unos «grandes relatos unificadores», de carácter ideológico y teleológico, que entraron en crisis a mediados del siglo XX y que ya no tienen vigencia. Porque lo que es verdadero o falso, justo o injusto viene dado por unos criterios que deben legitimarse. Esta es la tesis de Lyotard: la Postmodernidad comienza en el momento en que esos grandes relatos unificadores o «metarrelatos» (la idea ilustrada de emancipación, las diferentes tendencias políticas y filosóficas, etc.) pierden vigencia, pierden su carácter legitimador, dando paso a otras formas de legitimación basadas en principios diferentes.

El concepto de metarrelato en Lyotard parece aunar las ideas de «justificación» y «guía». El metarrelato justifica (legitima) el saber por sí mismo (y todo lo que de él se deriva), y lo encauza en una dirección determinada: unificada, uniforme, única. El metarrelato es la «regla del juego», al más puro estilo de la filosofía de Wittgenstein; el que decide «qué es saber» y «lo que conviene saber». Por un lado los metarrelatos serían, de alguna forma, una idea abstracta omnicomprensiva de la experiencia histórica del conocimiento; por otro serían teorías y filosofías a gran escala: como el progreso de la historia, la posibilidad de conocerlo todo por medio de la ciencia, o la creencia de que es posible la libertad absoluta. En definitiva, los metarrelatos representarían el viejo apoyo de la Modernidad sobre la verdad trascendental y universal que, según Lyotard, ya no puede contener la realidad del mundo actual.

Para Lyotard existían en la Modernidad dos grandes versiones del relato legitimador: la emancipatoria y la especulativa, «una más política, otra más filosófica, ambas de gran importancia en la historia moderna, en particular en la del saber y sus instituciones» (p.29). La primera se corresponde con la idea ilustrada de que la ciencia y la educación pueden conseguir que el individuo se emancipe de todo aquello que lo oprime o impide que se autogobierne. Este relato (también lo llama «de las libertades») obtiene su legitimación del pueblo, que es quien habilita las reglas del juego a las que se somete. Su órbita sería la del concepto de «justicia», y Lyotard le asocia los enunciados puramente «prescriptivos». Esto en oposición a los «denotativos», característicos del modelo especulativo, cuya órbita, a su vez, sería la del concepto de «verdad». Este relato, que nace de la aparente necesidad de autolegitimación del saber científico, propone que el saber tiene su fin en sí mismo; su objetivo es el saber por el saber, sin encontrarse supeditado a ningún otro elemento externo. Ambos relatos legitiman tanto la ciencia como los «lazos sociales»: la primera, en la esfera de la «verdad» emite enunciados denotativos (verdadero / falso) que son utilizados para realizar prescripciones en el ámbito de la «justicia» (justo / injusto) que faciliten la consecución de la libertad del individuo.

Pero estos dos modelos de legitimación presentan algunos problemas: el emancipatorio, de competencia y de pertinencia (el pueblo no tiene la libertad real de elegir quién sea el promotor de su libertad, el que dicte los enunciados prescriptivos); el especulativo, en tanto que se autolegitima, incurre en la tautología: sus juegos de lenguaje «sólo pueden ser verdaderos si y sólo si hacen referencia al mismo relato que los legitima»3. Así, según Lyotard, los grandes relatos legitimatorios contenían en sí mismos el germen de su deslegitimación; de alguna manera, su pérdida de vigencia se encontraba prediseñada desde los orígenes: la Postmodernidad es inherente a la Modernidad; sólo era cuestión de tiempo que la primera se revelara: cuando, ya se ha dicho, entrara en decadencia la credibilidad en la potencia unificadora y legitimadora de los grandes relatos. Esta se produce efectivamente a mediados del siglo XX, ya sea por el avance de las tecnologías tras la Segunda Guerra Mundial, ya sea por el redespliegue del capitalismo liberal bajo el ala del keynesianismo. A Lyotard no parece preocuparle tanto la causa concreta del advenimiento de la Postmodernidad como su estado germinal en la propia Modernidad superada y su progresivo desarrollo según se afianzaba el modelo perspectivista nietzscheano. Lo realmente importante (y evidente) para él es que el tiempo de los grandes relatos ha concluido, y que resulta insostenible en la contemporaneidad cualquier relato unificador, único. La pretendida homogeneidad de la Modernidad (su error intrínseco) ha dejado paso a la esencial heterogeneidad de la Postmodernidad.

Según Lyotard, los viejos criterios de legitimación han caducado. Las preguntas por «lo justo» y «lo verdadero» han devenido en un criterio performativo: «¿Para qué sirve?». Por otro lado, la ciencia actual admite teorías en primera instancia contrapuestas entre sí (modelos einsteiniano y cuántico), así como un principio que por sí solo pondría en evidencia los metarrelatos modernos: el de incertidumbre de Heisenberg, por lo que junto al performativo existiría un criterio «paralógico». Así la Postmodernidad, según Lyotard, sería la etapa de la cultura de la humanidad caracterizada por la caída en descrédito de los grandes relatos legitimadores de la emancipación y de la especulación, en favor de unos criterios no homogéneos, no unificadores, como el performativo y el paralógico. En tanto que, por definición, el metarrelato no puede ser no homogéneo o no unificador, lo dicho vale tanto como definir la Postmodernidad como una etapa carente de metarrelatos.

Falta por declarar si la Postmodernidad existe o no, siempre según Lyotard, como época histórica; si la ruptura con la Modernidad es de la misma entidad que definió a esta última. En primera opción parecería que sí: la Postmodernidad sería la época de la ausencia de grandes relatos legitimadores, o la del advenimiento de los problemas de legitimación. Sin embargo, en tanto que la Postmodernidad siempre ha estado contenida en germen dentro de la Modernidad, ¿no sería la primera una fase de la segunda? O, rizando más el rizo, ¿no podría ser la Modernidad un estadio primigenio de la Postmodernidad? Aunque el texto estudiado parece concluir que realmente vivimos una época postmoderna, el propio Lyotard, a lo largo de los años ha ido revisitando periódicamente su posicionamiento, dando bandazos de una a otra posición: de la reivindicación de la Postmodernidad a su rematización como modo de la Modernidad. No es extraño, así, que el artículo que citábamos al principio concluya de forma tan ambigua. Quizá no pueda ser de otra forma, en tanto que se trata de identificar aquello en lo que se está sumido. Puede que sólo la perspectiva histórica consiga ofrecer una respuesta certera sobre la cuestión. Pero esta esperanza, la confianza en el perspectivismo histórico, no parece condecir en absoluto con la condición postmoderna. ¿Cómo definir efectivamente la Postmodernidad desde ella misma? Si lo hiciera, ¿no se estaría al tiempo deslegitimando? Aun a riesgo de incurrir en la rendición, quizá la pregunta por la Postmodernidad sea irresoluble —y, en consecuencia, muy postmoderna.

1 Jean-François Lyotard. La condición postmoderna. Informe sobre el saber. Madrid, Cátedra, 1987. Manejamos una versión online obtenida de http://es.scribd.com/doc/49028274/la-condicion-posmoderna-Lyotard

2 Niels Brügger. Yale French Studies. Yale University Press, No. 99 (Jean-Francois Lyotard: Time and Judgment), 2001, pp. 77 -92. http://www.jstor.org/stable/2903244

3 Díaz, R. “Kafka como predecesor de la posmodernidad”, Prometheus, Nº26, p.16.

See more at: http://artefactosliterarios.com/oscarsolana/la-postmodernidad-segun-jean-francois-lyotard#sthash.kN0yLrlr.dpuf

Anuncios

POLIS vs CAOS

El orden y el caos, se encuentran en alternancia permanente.  La preponderancia absoluta de una de estas condiciones termina destruyendo todo, ateniéndonos a la vieja sabiduría de oriente que nos hablaba del equilibrio entre el Ying y el Yang, o a la de los griegos: oponiendo el cosmos al caos ilustrado en los versos de la Ilíada.

Los mitos griegos a menudo eran representados en festividades de orden caótico, las dionisíacas, donde al igual que en nuestros días, se utilizaba para proclamar un orden concreto a través del caos. Este orden constituido por la la justicia, el orden (dike) y por la participación (themis) morigerada  por la moderación (sophrosyne) implica la preponderancia de la ley (nomos) y la presencia consiguiente de la injusticia  (anomos) ilustrada en los versos de La Ilíada y de La Odisea.

Esta alternancia mostrada en los cantos Homéricos está presente a lo largo de la historia.

En la historia de occidente, hay tres períodos caracterizados por la existencia de unidades conocidas como “Ciudad-Estado” (CE) que identifican la potencia de esta alternancia.

El primero es en el territorio entre los ríos Tigres y Éufrates, región llamada por los griegos “Mesopotamia” (Exactamente “Entre-Ríos”)  Los habitantes de la antigua etnia sumeria,  construyeron estas CE que luego  fueron integradas al Imperio Acadio, bajo el gobierno de Sargón el Antiguo.

El segundo momento es en Grecia, el que finaliza con la absorción de todas las ciudades griegas dentro del Imperio de Alejandro Magno.

Y el tercero es en el norte de la actual Italia, durante la Edad Media y el Renacimiento, el que encuentra su culminación en las Guerras Italianas, del S XVI, siendo incluidas en la esfera de poder de España, Francia y el Sacro Imperio.

Sostenemos que esas CE, fueron el motor de los más grandes logros de la civilización y su accionar marcó el  desarrollo histórico hasta nuestros días.

Los grandes imperios, tanto de la antigüedad como los modernos, se han caracterizado por un fuerte sentido de preservación del orden.  Un “cosmos” considerando el término griego para orden y lo opuesto a ese orden, el “desorden” como los griegos lo han llamado el “Caos” es típico de los sistemas de CE.

En la antigua Sumeria, se inventaron cosas tan básicas y cotidianas como: La rueda, el carro tirado por animales, el día de 24 horas, y la división sexagesimal del tiempo y del círculo, la escritura, la astronomía y las bases de la matemática, entre muchas otras importantes contribuciones más.

En la Grecia de las CE, se desarrolló: El pensamiento científico, la filosofía, el concepto de república, de democracia, la geometría y la matemática en general tuvo un importante desarrollo. Prácticamente no hubo rama del conocimiento humano que no fuera tratada e incrementada por estos griegos.
Uno de los rasgos más marcados en las CE era su individualismo y por lo tanto la competencia permanente con sus similares.

En el último grupo, el de la ciudad estado de la Italia del norte, durante la Edad Media y el inicio del Renacimiento estas pequeñas entidades, vivieron en una era turbulenta, de permanentes conflictos, especialmente entre ellas.

Todas estas ciudades entraron en la carrera de evolucionar, adaptarse o desaparecer, y en un período de tiempo muy corto, lograron avances importantes en todos los ámbitos.  Crearon el nuevo soldado de infantería, desarrollaron la artillería con nuevas técnicas de fundición, y de trabajo de los metales, así como con mejores químicos para la fabricación de pólvoras.

 Mejoraron los transportes militares, incrementaron sus cosechas con mejores técnicas de labranza y  en lo económico, se volvieron astutos comerciantes, expertos en importar y exportar, no sólo bienes, sino también servicios y capitales. Inventaron “La banca” moderna: El cheque, el giro, la carta de crédito, el depósito con garantía, etc.    Algunas cosas fueron desarrollos absolutamente propios, otras fueron ingeniosas adaptaciones de instrumentos preexistentes.

El hecho es que dominaron desde Florencia, Pisa, Siena, Venecia, etc. Todo el mercado de capitales de la época.   Así que en el proceso de competencia feroz, le sacaron a todo el mundo una ventaja impresionante en términos de economía, administración, ciencia, tecnología y arte militar. El hecho es que al cabo de un siglo de perpetua batalla, no había en el mundo entero soldado comprable al de estas CE.

El resto de la ciudades europeas, todas ellas contrataron a estos soldados de capacidades extraordinarias.

Pero eso fue como abrir la “Caja de Pandora”. Pronto todos los europeos comenzaron a imitar las técnicas y las artes militares de estas ciudades italianas, hasta que muy pronto y apoyados por la mayor fuerza bruta del número y el dinero, los gobiernos de toda Europa occidental tuvieron a su disposición la mejor fuerza militar del mundo entero.

La población de Europa, siempre pequeña en relación a sus enemigos extra-continentales: Los turcos, los árabes, los mongoles, etc., ahora tenía el equipamiento, no sólo para igualar sino para superar a cualquier rival, aún en las peores condiciones de inferioridad numérica.

Portugal se lanzó a la aventura de explorar el Atlántico hacia el sur, recorriendo las costas africanas. Poco a poco, Portugal avanzó, encontrando oro en la costa de Guinea, la tarea excedió la vida de Enrique el Navegante, pero su obra persistió; allí en la academia portuguesa, estudió Cristóbal Colón, y Vasco da Gama dobló el cabo de Buena Esperanza y llegó a la India.

El mundo fue de Europa.  En el S XVI todo el globo estaba de un modo u otro bajo la influencia europea.  Desde las islas Malucas hasta el Nuevo Mundo, pasando por la India y al África. Las colonias y factorías comerciales europeas, portuguesas, primero, luego: holandesas, inglesas y españolas formaban un collar que explotaba exitosamente la riqueza mundial a favor de las potencias europeas.

Por lo tanto fue la combinación de la tecnología militar italiana y la navegación portuguesa, lo que dio a Europa el salto de calidad que le permitió a la larga dominar a todos sus competidores. Le permitió con pequeñas fuerzas militares imponerse a grandes masas, recorrer los mares y extender su mano sobre cualquier punto del globo, y una vez allí utilizar sus superiores artes comerciales y de administración económica, para optimizar el drenaje de recursos en su favor.  Trescientos años después del Renacimiento italiano y de la Escuela de Náutica de Enrique, todos los competidores de Europa estaban arruinados: El Imperio Otomano nunca volvió a ser rival, y en la China su cultura se quedó empantanada por sus luchas internas.

En esta trayectoria hasta el imperio universal de hoy día siempre vemos el permanente conflicto que nos recuerda las lecciones de la Ilíada.

Al final del poema de La Ilíada viene la escena entre Príamo y Aquiles, cuando el padre débil y acongojado, que se dispone a besar las “manos terribles, que habían matado a muchos hijos de Príamo en la batalla”, cuando Aquiles ve reflejado en la cara de Príamo la imagen de su propio amado padre, Aquiles ya no es más una insensible “cosa”, reducido por el poder inefable de la fuerza.

La verdad puede ser más difícil de aceptar. Él es al mismo tiempo, un asesino masivo y el más suave de los hombres. Sólo unas pocas líneas de verso separan al Aquiles que enjuga las lágrimas de su amado Patroclo y el que acumula las hecatombes de los muertos de Troya.

El ensayo de Simone Weil, “L’Iliade vigor ou le Poème de la force “, publicado en 1940[1], sostiene que “el verdadero héroe, el tema en el centro de La Ilíada es la fuerza”, a la que define como “aquella que convierte a cualquier persona que se somete a ella en una cosa”.

David Malouf , Ransom [2], también recuerda que este conflicto se ilustra en el encuentro entre Príamo y Aquiles en el último libro de la Ilíada, mientras que Caroline Alexander  en su nuevo estudio del poema, La guerra que causó la muerte de Aquiles [3], lo ve como una meditación sobre los efectos catastróficos de los conflictos. Aunque no se entrega a una equivalencia directa, es difícil no vincular su lectura a la devastación causada por los conflictos en Afganistán e Irak.

Hoy en West Point, la academia militar de EE.UU. de élite donde se puede realizar una maestría en “Estudios sobre Terrorismo”, se incluye el estudio de La Ilíada, como parte de su curso de literatura. En el 2007 en su libro Corazón de Soldado, Elizabeth Samet [4], profesora de literatura en la institución, recuerda una visita del poeta Robert Fagles [5], que recitó en griego, las primeras 1.000 líneas del poema épico. Los oyentes en su audiencia deben estar ahora en las posiciones de mando en Irak y Afganistán.

Como vemos, La Ilíada todavía tiene mucho que decir sobre la guerra, incluso cuando se libra hoy en día.

Las sangrientas batallas, los inspirados discursos, la excelencia de los guerreros están descritos en la Ilíada como quería la tradición. Pero la epopeya nunca traiciona, y el tema central es la guerra. Celebra la nobleza del sacrificio y el coraje del guerrero, pero termina con una secuencia de funerales, dolor y vidas destrozadas, revelando la verdadera dimensión de la tragedia de la muerte.

Hoy en el s XXI el orden y el caos, en alternancia permanente está plenamente vigente. Lo que viene ocurriendo en los conflictos de la cotidianeidad es una ilustración de esta vigencia y de que las lecciones de la Ilíada siguen permanentes .

© P. Cayetano Acuña Vigil

[1] http://hjg.com.ar/txt/sweil/sw_iliada.html
[2] Malouf, David. 2009. Ransom. Random House.
[3] Alexander, Caroline. 2011.  War That Killed Achilles, Faber.
[4] Samet, Elizabeth D. 2007. SOLDIER’S HEART. Peace and War at West Point. 259 pp. Farrar, Straus & Giroux.
[5] Robert Fagles, fue un académico y poeta norte Americano conocido por sus traducciones de los clásicos griegos, especialmente por su aclamada traducción de los poemas épicos de Homero. Fue profesor de la universidad de Princeton.

BALANDIER, George 1993 El desorden. La teoría del caos y las ciencias sociales. Elogio de la fecundidad del movimiento. Barcelona: Gedisa. (Orig. 1988).