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Por el camino de Swan: Marcel Proust

Por el camino de Swann. Marcel Proust

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Por el camino de Swann es el primero de los siete libros que componen En busca del tiempo perdido. Como nos sugiere el título, el tiempo, la pérdida y el recuerdo son los temas centrales de esta extensa obra que es, entre otras muchas cosas, una novela psicológica en la que la introspección está siempre en primer plano.
Marcel Proust, luchando contra el olvido, nos narra una especie de biografía novelada, rememorando lo sucedido e intentando, a través del recuerdo, recrear lo vivido. En este proceso la estética cobrará una gran importancia como factor trascendental del recuerdo de forma que, a su servicio, encontraremos largas descripciones que interrumpen la acción. Al ser lo estético tan relevante en la obra, los sentidos jugarán un papel destacado, convirtiéndose en un vehículo para el recuerdo:
“Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo.”
Además de verse asaltada por extensas descripciones, la acción queda subyugada a la expresión del sentir y el pensar del autor y de todo lo que se recuerda como sentido y pensado, expuesto a modo de diálogo interior. La elección de esta fórmula dialéctica me ha parecido muy acertada pues parece invitar al lector a la reflexión conjunta sobre lo que se está exponiendo.
Uno de los elementos sobre los que se reflexiona son las relaciones sociales, generalmente delimitadas por unas formas rígidas que, no obstante, también se rompen en ocasiones. Las relaciones del protagonista con su familia, de ésta con Swann y las relaciones de Swann en París constituyen el marco en el que se desarrolla la novela y sirven para reflexionar sobre aspectos de la relación social en sí misma y otros de índole moral:

“Llenamos la apariencia física del ser que está ante nosotros con todas las nociones que respecto a él tenemos, y el aspecto total que de una persona nos formamos está integrado en su mayor parte por dichas nociones. Y ellas acaban por inflar tan cabalmente las mejillas, por seguir con tan perfecta adherencia la línea de la nariz, y por matizar tan delicadamente la sonoridad de la voz, como si ésta no fuera más que una transparente envoltura, que cada vez que vemos ese rostro y oímos esa voz, lo que se mira y lo que se oye son aquellas nociones.”

“No hay nadie, por muy virtuoso que sea, que por causa de la complejidad de las circunstancias, no pueda llegar algún día a vivir en familiaridad con el vicio que más rigurosamente condena.”

Otro de los aspectos centrales de la reflexión son las artes, representadas bajo las más diversas formas (pintura, música, literatura, arquitectura, teatro…). Las citas a libros, obras pictóricas, actores y actrices o piezas musicales son extraordinariamente numerosas y el proceso de creación ensalzado:

“Sabía que hasta el recuerdo del piano falseaba el plano en que veía las cosas de la música, porque el campo que se le abre al pianista no es un mezquino teclado de siete notas, sino un teclado inconmensurable, desconocido casi por completo, donde aquí y allá, separadas por espesas tinieblas inexploradas, han sido descubiertas algunos millones de teclas de ternura, de coraje, de pasión, de serenidad que le componen, tan distintas entre sí como un mundo de otro mundo, por unos cuantos grandes artistas que nos han hecho el favor, despertando en nosotros la equivalencia del tema que ellos descubrieron, de mostrarnos la gran riqueza, la gran variedad oculta, sin que nos demos cuenta, en esa noche enorme, impenetrada y descorazonadora de nuestra alma, que consideramos como el vacío y la nada.”

La obra contiene también alguna acción, dividida en tres partes:

– Combray: en la que se nos narra la infancia del protagonista en un pueblo francés realmente llamado Illiers y que tras la notoriedad alcanzada por la obra pasaría a denominarse Illiers-Combray. Se nos presenta el entorno familiar del protagonista: las peculiaridades de su tía, el anhelo de amor materno… Quizás es la porción en la que más destaca el empleo de la descripción. Además se extrae el porqué del nombre del libro: en Combray existen dos opciones para el paseo y una de las posibilidades es andar por el camino de Swann.

– Unos amores de Swann, la parte más ligera de la obra con diferencia narra la relación entre Swann y Odette, constituyéndose también en una ridiculización de las relaciones sociales de etiqueta de la burguesía francesa de la época. Engañado, leí este fragmento de forma independiente por lo que si estáis interesados podéis encontrar una reseña completa aquí.

– Nombres de tierras: el nombre, en la que tras una reflexión sobre la capacidad descriptiva y de estímulo a la imaginación de los nombres de las ciudades, se relata el inicio del interés del protagonista en las relaciones amorosas, con los Campos Elíseos como escenario.

Ficha técnica:
Materia: Narrativa
Autor: Marcel Proust
Título. Por el camino de Swann
Editorial: Unidad editorial (El mundo)
Tapa dura
Páginas: 357
Lectura de complejidad intermedia.

Publicado en : https://lecturasalazar.wordpress.com/2013/02/18/por-el-camino-de-swann-marcel-proust/

Análisis de la obra de Marcel Proust: Por el camino de Swann

1. Marcel Proust expresa en su obra: Por el camino de Swann; la experiencia del tiempo. Éste atraviesa todas las vivencias de una conciencia que se encuentra así misma avanzando en su pasado y su represente al mismo tiempo: orden, duración y frecuencia.

(…) “aunque me durmiera en mi cama de costumbre, me bastaba con un sueño profundo que aflojar la tensión de mi espíritu para que éste dejara escaparse el plano del lugar en donde yo me había dormido, y al despertarme a medianoche, como no sabía en dónde me encontraba, en el primer momento tampoco sabía quién era; en mí no había otra cosa que el sentimiento de la existencia en su sencillez primitiva, tal como puede vibrar en el hondo de un animal, y hallábame en mayor desnudez de todo que el hombre de la cavernas; pero entonces el recuerdo-y todavía no era el recuerdo del lugar en que me hallaba, sino el de otro sitios en donde yo había vivido y en donde podría estar- descendía hasta mí como un socorro llegado de lo alto para sacarme de la nada, porque yo solo nunca hubiera podido salir; en un segundo pasaba por encima de siglos de civilización, y la imagen borrosamente entrevista de lámparas de petróleo, de las camisas con cuello vuelto, iba recomponiendo lentamente los rasgos peculiares de mi personalidad.”(…)[1]

En esta cita del texto, Proust nos relata un estado inicial de la conciencia del personaje:

aunque me durmiera en mi cama de costumbre”; el despertar es un primer enfrentamiento con el caos del mundo. “y al despertarme a medianoche, como no sabía en donde me encontraba”, está es la situación inicial en la cual el despertar aparece como una iluminación del mundo; descrito por Proust, es propicio para el retorno de las cosas “ y todavía no era el recuerdo del lugar donde me hallaba, sino el de otros sitios en donde yo había vivido y en donde podría estar”; es así que este personaje anónimo va recomponiendo lentamente los rasgos peculiares de su personalidad; para oponer el futuro hecho presente con la idea que uno se había hecho de él en el pasado. El mundo del personaje de Cambray desafía la linealidad a través de imágenes temporales reviviendo significaciones vitales atravesadas por una línea personal; es un personaje anónimo que en tiempo presente se conoce en su historicidad y está en una constante búsqueda en el doble sentido de la palabra. Del tiempo perdido y del tiempo que ocupa reconstruyendo su mundo.

Es decir el tiempo de Marcel Proust, el narrador se propone recuperar no sólo el pasado, sino a la vez el presente; es un tiempo que no encadena, un tiempo en estado puro frente a una conciencia no sujeta al tiempo.

El narrador de Por el camino de Swann, el primer volumen, evoca en las primeras páginas sus siestas, sus paseos nocturnos en Tansonville, junto a la señora de Saint Loup, y confiesa que:

(..) la mayor parte de las noches la pasaba en rememorar nuestra vida en Combray, en casa de la hermana de mi abuela, en Balbec, en París, en Donziéres, en Venecia, en otra partes más, y en recordar los lugares, las personas que allí conocí, lo que vi de ellas y lo de que de ella me contaron”(…)[2]

El verbo pasar está en tiempo pretérito imperfecto, y es que el narrador, en el presente de la obra, no evoca su vida; la esta escribiendo; evoca sus noches de insomnio, después del relato de Combray, el primer capítulo, el narrador nos dice:
“ y así me estaba muchas veces, hasta que amanecía, pensando en la época de Combray, en mis noches de insomnio…); y así avanza el libro, que nos cuenta su historia sin decirnos nada de su presente, sin permitirnos saber quién es él, cómo se llama

2. Por eso la intención de Marcel Proust, es la de vivir el tiempo pasado a través de la memoria, para él no hay mayor felicidad que la del recuerdo y dice que los verdaderos paraísos son los paraísos perdidos. Porque lo que la experiencia proustiana propone es, justamente, la posibilidad de liberarnos del tiempo, vivir aunque sólo sea un instante la experiencia del tiempo en estado puro, del tiempo fuera del acontecer humano. . en busca del tiempo perdido no debe entenderse como una novela autobiográfica, aunque está escrita en primera persona y se basa en recuerdos del autor, sino más bien como la reacción de una sociedad en decadencia que sirve también para provocar la reflexión sobre los sentimientos humanos, el Paso del tiempo a la creación artística.

http://lalenguagrita.blogspot.pe/2012/01/analisis-de-marcel-proust-expresa-en-su.html

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[1] Marcel Proust. En busca del tiempo perdido. Uno. Por el camino de Swann. Editorial. Alianza. Madrid. 1983. p.14
[2] Marcel Proust. op.cit. p. 18

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 Walter Scott. (1771/08/15 – 1832/09/21)

Walter Scott

Escritor escocés. Nació el 15 de agosto de 1771 en Edimburgo (Escocia). Hijo de un abogado. Este hijo de un abogado fue el creador de la identidad escocesa.

Cursó estudios en su ciudad natal. A pesar de la cojera que contrajo por la polio en la infancia, desde 1792 recorrió los más remotos rincones de Escocia y recogió baladas del folklore local, con las que en 1802 publicó la colección «Minstrels of the Scottish Border» y, a partir de 1805, «The lady of the Last Minstrel», una serie de poemas narrativos, aunque ya antes sus traducciones de romances góticos alemanes, en 1796, le dieron reputación como traductor.

Su primer poema extenso, El canto del último juglar (1805), consiguió un notable éxito, después escribió una serie de poemas narrativos románticos, de la que forman parte Marmion (1808), La dama del lago (1810), Rokeby (1813) y El señor de las islas (1815).

En 1813 fue propuesto como poeta laureado de Inglaterra, pero no aceptó el ofrecimiento. También realizó también ediciones de poetas ingleses, como la de los escritos de John Dryden, en 1808, y en 1814 las de Jonathan Swift. Considerado como el iniciador de la novela histórica, su obra Waverley (1814) obtuvo un inmediato reconocimiento por parte de la crítica y el público.

Posteriormente publica novelas históricas como Guy Mannering (1815), El viejo Mortalidad (1816), El corazón de Midlothian (1818), Rob Roy (1818), La novia de Lamermoor (1819), Ivanhoe (1820), Kenilworth (1821), Quentin Durward (1823) y La muchacha de Perth (1828). Con los beneficios por la venta de sus obras, mandó construir una enorme propiedad en Escocia, bautizada Abbotsford, de la cual en 1820 fue nombrado barón.

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Asociado a la firma de impresores de James Ballantyne y a la editorial de Archibald Constable, que sucumbieron a la crisis económica de 1826, rechazó ampararse en la bancarrota, y pagó durante el resto de su vida una deuda de más de 120.000 libras esterlinas. En 1827 completó el poema épico Vida de Napoleón Bonaparte.

Su novela histórica nace además como expresión artística del nacionalismo propio de los románticos y de su nostalgia ante los cambios brutales en las costumbres y los valores que impone la transformación burguesa del mundo. El pasado se configura así para él como una especie de refugio o evasión, también de lugar para desarrollar la imaginación.

Fue alabado de inmediato por los más grandes, como Goethe y Manzoni. Influyó en muchos de los escritores del siglo XIX y no sólo por los novelistas históricos (así lo reconocía Balzac). Más tarde, alguien tan elogiado hoy como Robert Louis Stevenson fue un gran admirador y seguidor de ese otro novelista escocés.5

Scott fue el responsable de dos de las principales tendencias que se han prolongado hasta hoy. Primero, básicamente él inventó la novela histórica moderna; y un enorme número de imitadores (e imitadores de imitadores) aparecieron en el siglo XIX. En segundo lugar, sus novelas escocesas continuaron la labor del ciclo de Ossian, de James Macpherson, para rehabilitar ante la opinión pública la cultura de las Tierras Altas Escocesas, después de permanecer en las sombras durante años, debido a la desconfianza sureña hacia los bandidos de las colinas y las rebeliones jacobitas. Como entusiasta presidente de la Celtic Society of Edinburgh contribuyó a la reinvención de la cultura escocesa.

Debe señalarse, sin embargo, que Scott era un escocés de las Tierras Bajas, y que sus recreaciones de las Tierras Altas eran un poco extravagantes. Su organización de la visita del rey Jorge IV a Escocia en 1822 fue un acontecimiento crucial, llevando a los sastres escoceses a inventar muchos tartanes de los diversos clanes.

Pero, tras ser uno de los novelistas más populares del siglo XIX, Scott tuvo un fuerte declive en su popularidad después de la Primera Guerra Mundial. Edward Morgan Forster marcó el camino crítico en su clásico Aspects of the Novel (1927), donde fue atacado como un escritor trivial, que escribía novelas pesadas y carentes de pasión (aunque reconocía que “sabía contar una historia; poseía esa facultad primitiva de mantener al lector en suspense y jugar con su curiosidad”).6

Scott también sufrió al crecer el aprecio por escritores del Realismo, como sucedió con Jane Austen. En el siglo XIX se la consideraba una entretenida «novelista para mujeres»; pero en el siglo XX se revalorizó su obra, comenzando a ser considerada como quizá la mejor escritora inglesa de las primeras décadas del siglo XIX. Al alzarse la estrella de Jane Austen, declinó la de Scott, aunque, paradójicamente, había sido uno de los pocos escritores masculinos de su tiempo que reconocieron su genio. Pero Virginia Woolf, defensora de Jane Austen, decía que “los verdaderos románticos pueden trasportarnos de la tierra a los cielos, y Scott, gran maestro de la novela romántica, utiliza plenamente esa libertad”, pese a sus convenciones o su pereza.7

Ciertos defectos de Scott (historicismo, prolijidad) no encajaban con la sensibilidad modernista, que no supo apreciar su ironía y sus jugosas descripciones. No obstante, Georg Lukács, en su excelente La novela histórica (1955), escribió páginas muy matizadas sobre el talento épico de Walter Scott y su superación del romanticismo al elevar las tradiciones con ciertos héroes demoníacos.8

Ahora bien, tras haber sido ignorado durante décadas por los especialistas (pero leído en centenares de ediciones hasta hoy), empezó un rebrote de interés por su trabajo en las décadas de 1970 y 1980. Curiosamente, el gusto postmoderno (que favorece las narrativas discontinuas, y la introducción de la primera persona en obras de ficción) eran más favorables para la obra de Scott que los gustos modernistas. A pesar de sus artificios, Scott es considerado ahora como un innovador importante, y una figura clave en el desarrollo de la literatura escocesa y mundial, dada la fuerza de su escritura. El rebrote de la novela histórica, hoy, ha hecho regresar a los grandes maestros.

Es una medida de la influencia de Scott que la estación central de Edimburgo, abierta en 1854 para el ferrocarril británico del Norte, se llame «estación Waverley». Scott fue también responsable, a través de una serie de cartas seudónimas publicadas en el Edinburgh Weekly News en 1826, de que los bancos escoceses conservaran su derecho a emitir billetes de banco propios, lo que se conmemora hoy en día al aparecer el escritor en todos los billetes emitidos por el Banco de Escocia.

Muchas de sus obras fueron ilustradas por su amigo William Allan.

Sir Walter Scott: La creación de la identidad escocesa:

Todo la historia de la inclusión de Escocia quedaba ya lejos en 1814, cuando Scott, que era un poeta romántico reconocido en Escocia, publicó Waverley. El Romanticismo estaba en su apogeo y la novela tenía todos los elementos para gustar, causa perdida, héroe desafortunado… no solo tuvo éxito en su país, sino que se convirtió en el libro de moda en Inglaterra y alguien se la recomendó al príncipe regente. El futuro Jorge IV era lo que los ingleses llamaban un snob, “estar a la última” era para él más importante que cualquier sesuda cuestión política, y se entusiasmó tanto con la novela que quiso conocer a su anónimo autor.

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Cuando Walter Scott acudió a cenar en palacio, su anfitrión quedó fascinado por la Escocia de leyenda heroica que fabulaba el escritor y se dejó convencer por sus cantos de sirena: él era el último de los Estuardos, un auténtico highlander, la reencarnación de Bonnie Prince Charlie. Para una persona tan preocupada por su aspecto físico como Jorge, rechoncho y de rasgos poco finos, la comparación con un ideal de belleza y garbo como había sido Bonnie Prince fue irresistible. Jorge se echó en brazos de Scott.

Poco después subió al trono como Jorge IV y decidió hacer el viaje de Estado más trascendental que hubiera afrontado la dinastía reinante. Por primera vez en casi dos siglos, el rey iría a conocer su reino del Norte, la olvidada Escocia. Iba a ser la actuación política más importante de su reinado, y sorprendentemente –o no tanto, conociendo su caprichoso carácter– Jorge la dejó en manos de Walter Scott, al que ya había ennoblecido con el título de baronet. La circunstancia sería ciertamente única: un escritor iba a tener oportunidad de trasladar a la realidad las creaciones de su imaginación. Walter Scott iba a inventarse Escocia.

Dos Escocias.

En realidad, desde la Edad Media existían dos Escocias. Los romanos, tras conquistar Britania, despreciaron ocupar y colonizar la parte norte de la isla, de terreno agreste y tribus muy belicosas. Adriano hizo construir un muro que, literalmente, partía Gran Bretaña en dos, condenando a Escocia al ostracismo. Fuera de la civilización romana, ese país conservó la organización tribal de los primitivos celtas, el sistema de clanes en perpetua guerra entre sí. Pero desde finales de la Edad Media, en las Tierras Bajas de la parte Sur y la costa Este, el contacto con Inglaterra y Francia propició la creación de un reino y una sociedad feudal equiparables a los del resto de Europa.

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Las Tierras Bajas entraron en una era de prosperidad económica tras la unión con Inglaterra establecida por el Act of Union de 1707, y su capital, Edimburgo, se convirtió en el siglo XVIII en uno de los focos de la Ilustración, en sintonía con París y Londres. Esa ciudad moderna y cosmopolita sería convertida en un parque temático highlander por Walter Scott.

El escritor asoció en la organización de la real visita a un profesional del espectáculo, el empresario teatral y actor William Henry Murray, amigo y fan de Walter Scott que había llevado a la escena sus novelas, el cual crearía deslumbrantes escenografías para los actos oficiales.

Murray no fue el único en colaborar. En realidad Walter Scott era un producto de la sociedad ilustrada de Edimburgo, donde desde finales del siglo XVIII se había desarrollado el movimiento romántico. Uno de los prolegómenos del Romanticismo europeo es, precisamente, la obra de James MacPherson Cantos de Ossian, que tanto influyó en Goethe. Los Cantos estaban inspirados en leyendas célticas –MacPherson escribió que eran la traducción de un antiguo texto gaélico– y fueron el alimento cultural de Walter Scott en su juventud, la inspiración de sus novelas. También pusieron de moda lo highlander entre las clases altas, y se dio una tremenda paradoja: los nobles poseedores de vastas extensiones en las Tierras Altas practicaban una feroz política de desahucio y expulsión de sus habitantes highlanders, que se veían obligados a emigrar, y a la vez eran los primeros defensores de la vieja cultura en sus clubes de Edimburgo.

Sociedades nostálgicas.

Así fueron apareciendo desde finales del XVIII distintas sociedades, aristocráticas o burguesas, que evocaban el pasado cultural o pretendían recuperar el traje escocés, antaño prohibido, y que contribuirían con entusiasmo en el espectáculo para el rey Jorge IV –algunas incluso le disputaron a Walter Scott su organización–. El general David Stewart of Garth, que era una autoridad en cultura e indumentaria highlander, entrenó militarmente a miembros de la Royal Celtic Society, fundada por él y de la que era socio Scott, para que desfilasen como auténticos y fieros guerreros highlanders ante Jorge IV.

Walter Scott, que era también editor y poseía una imprenta, aprovechó para hacer negocio publicando un librito al precio de un chelín, en donde venía un programa de festejos con detalladas instrucciones para la población sobre cómo debían participar en ellos. La culminación era el gran baile de gala que la nobleza escocesa ofrecería al monarca, denominado por Scott Highland Ball, en el cual “no se permitiría a ningún caballero aparecer vestido de otra forma que en el antiguo traje highlander”.

La necesidad de vestirse de esta forma se convirtió en una fiebre, se supo que el rey había encargado a la prestigiosa sastrería George Hunter & Co, con establecimientos en Edimburgo y Londres, un equipamiento highlander completo, cuya factura de 1.354 libras era una fortuna en la época, y gente que jamás había tenido que ver nada con las Tierras Altas intentaba conseguir kilts y sporrans (faldas y faltriqueras) como fuera. Los sastres no daban abasto y hubo que recurrir al regimiento de Sutherland Highlanders (ver recuadro) para que prestara sus indumentarias a la población civil.

Jorge IV quedó impresionado por lo que halló en Edimburgo, nunca había encontrado una ciudad tan volcada en darle un espectáculo, y surgió una empatía, un mutuo entusiasmo entre sus habitantes y el rey. En una ocasión tuvo que besar a 457 damas escocesas, en otra recibió una ovación de 15 minutos bajo una fuerte lluvia que le empapó a él y a la multitud. Parecía realmente que hubiera llegado la reencarnación de Bonnie Prince Charlie, y Jorge incluso realizó una visita-homenaje al palacio donde había vivido María Estuardo, la reina escocesa a la que le cortó la cabeza una reina inglesa. Aquel viaje sería la luna de miel de una larga relación amorosa entre la monarquía británica y la Escocia inventada por un escritor romántico.

Walter Scott falleció el 21 de septiembre de 1832 en Abboostford. Todas sus deudas quedaron saldadas, a través de la venta de los derechos de autor de sus obras, en el año 1847.

Porqué se debe de leer. Incluso los arquitectos.

Porqué se debe de leer.
Dr. Percy C. Acuña Vigil

¿Por qué los arquitectos en el Perú siguen con el absurdo prejuicio de que no deben de leer?

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La realidad es que estos individuos nunca han estudiado. Aquí en donde se dice que se enseña arquitectura, no se tiene la menor idea de que es enseñar y menos estudiar algo. Por ahí se encuentra la falacia de que no hay que leer.

Es el facilismo de los ignorantes que todavía creen que la arquitectura es un arte y que por lo tanto deben de tener simplemente oportunidad de acudir a los sentidos para hacer arquitectura. No se dan cuenta que es una actividad intelectual que requiere formación, y reflexión y para ambas la lectura es el punto de partida.

Leer es un proceso cognitivo complejo. que activa estrategias de alto nivel: dotarse de objetivos, establecer y verificar predicciones, controlar lo que se va leyendo, tomar decisiones en torno a dificultades o lagunas de comprensión, diferenciar lo que es esencial de la información secundaria. Este proceso requiere necesariamente de la implicación activa y afectiva del lector. No es un aprendizaje mecánico, ni se realiza todo de una vez; no puede limitarse a un curso.

Por esto ocupamos el último lugar en las encuestas sobre nivel educativo. Parece que los arquitectos no saben esto y creen que estamos en el mundo de ciencia ficción. Por eso la arquitectura aquí esta devaluada. La comunidad le ha perdido respeto y nadie en su sano juicio acude a un arquitecto cuando quiere que un proyecto sea coherente, se pueda construir y que pueda responder a un costo prudente.

Esta ausencia de cultura les hace decir con gran desparpajo que un arquitecto es el que gana concursos. ¡En un país en donde no hay concursos! Esta gente inculta mide el valor de un arquitecto por la altura de los edificios que ha proyectado. No están al día en lo que es el estado de la cuestión sobre arquitectura, pues repiten el mismo cuento de hace 50 años en donde alguien trato de enseñarles algo.

Como información para estos individuos deben de enterarse que de acuerdo a información proporcionada por la UNESCO:

Japón Tiene el primer lugar mundial con 91% de la población que han desarrollado el hábito de la lectura. En segundo lugar está Alemania con un 67%, seguido muy de cerca por los Estados Unidos con un 65%. Mientras que p.e. en México se calcula que únicamente el 2% de la población tiene el hábito de la lectura.

Estas gentes al hablar sobre la lectura suelen relacionarla únicamente a alguna actividad académica o meramente como un medio para mantenerse informados. Posiblemente sea porque desconocen las grandes ventajas que el hábito de la lectura trae consigo y que su práctica beneficia a quién la ejerce tanto en el campo intelectual como en el social y personal.

La lectura es importante para el desarrollo intelectual de la persona pues si se practica en forma constante, mejora el manejo de las reglas de ortografía y gramaticales, lo que permite un mejor uso del lenguaje y la escritura. Esto es la capacidad de comunicación, que no existe entre estos individuos que siguen con el prejuicio medieval de que las personas se comunican mediante dibujos.

La lectura desarrolla, como ninguna otra actividad, la imaginación y la creatividad, además de ser una incomparable fuente de cultura que aumenta la capacidad de memoria y de concentración.

La lectura, en sí misma, es un ejercicio de reflexión de alto nivel. Esta actividad no existe entre estos individuos. Al respecto es conocido que los educadores y los sociólogos han demostrado que a mayor nivel de ingreso familiar, existe mayor nivel de capital cultural (capital simbólico en términos de Bourdieu) y, con frecuencia, mayor nivel de escolaridad.

Estos individuos arquitectos, indudablemente deformados mentalmente, desconocen que entre los alumnos muchas veces a partir de estratos de clase media y niveles superiores, sobre todo cuando se es descendiente de padres con estudios superiores, el acceso a materiales impresos, particularmente libros, resulta más frecuente. Existe una tendencia general en ese sentido, pero no es una ley ineluctable que ocurra de modo inexorable.

Debo recordarles a estos individuos arquitectos que para hacer dinero no se necesitan muchas lecturas. Para muchas otras cosas si, y más valederas e importantes. Preparar a jóvenes arquitectos inculcando valores falsos, como el de que no se debe de leer es evidencia de que estos individuos no pueden tener licencia para enseñar.

La idea central que quiero destacar ahora es que la mayoría actual de nuestros estudiantes universitarios son la primera generación de su familia que accede a educación superior y, en consecuencia, la mayoría de sus hogares no cuentan con libros, ni existe la sana costumbre de leer. Por eso se debe promover la lectura.

Estos jóvenes inician una carrera universitaria en condiciones muy desventajosas para incorporar acervos de cultura que no tuvieron la fortuna de heredar. Son los huérfanos de la lectura. El esfuerzo que deben realizar en relación a condiscípulos más afortunados, es adicional a la de los requerimientos de la carrera que seleccionaron.

A marchas forzadas deberán, si son conscientes de sus carencias, incorporar las lecturas que no heredaron. Entonces no solamente necesitarán leer sus libros de texto, sino frecuentar otros géneros de literatura que les prepare para el ejercicio profesional en mercados de trabajo cada vez más competitivos, donde las capacidades de comunicación oral y escrita son más intensamente demandadas.

Frente a esta realidad estos arquitectos, individuos que persisten en negar el aporte de la lectura, deben de estar vedados a la enseñanza porque son sus enemigos.

Estudios sobre el desempeño profesional revelan que los profesionales más exitosos, son aquellos que en su ejercicio tienen una alta capacidad de comunicación oral y escrita.

Lo que aquí quiero destacar es la idea de que pocos estudiantes llegan a leer bien, inclusive sus libros de texto. Muchos pueden repetir oraciones largas de sus libros de texto, memorizar párrafos completos y repetirlos literalmente, pero pocos pueden comprender y sentir lo que leen.

El leer correctamente es más que simplemente recorrer con los ojos las palabras de un texto. Es establecer un vínculo con el texto que involucra al lector intelectual y emocionalmente. Es desarrollar la facultad de comprender y sentir plenamente un escrito, capacidad que se desarrolla a medida que se frecuenta y ejercita la habilidad intelectual de leer, que es algo mucho más complejo que la sencilla alfabetización. El aprender a leer solo se consigue leyendo. No hay otra vía.

Por otra parte, el mundo de imágenes a que están acostumbradas las generaciones actuales, transmitidas por la televisión, internet o el cine, sólo plantean ideas muy elementales, ninguna idea mínimamente elaborada puede explicarse solamente con imágenes, se requiere, obligadamente de palabras, de textos impresos. En una palabra, la lectura facilita a nuestros alumnos el desarrollo de las facultades intelectuales, las emociones y la imaginación.

Entre estos arquitectos, tipos de individuos con niveles mínimos de formación intelectual que se empeñan en negar la virtud de la lectura, se encuentran aquellos que sólo tienen en mente que la forma de comunicar es mediante dibujos que no dicen nada.

Es evidente que desconocen que para lograr una buena lectura hace falta seguir, sentir y comprender el texto no por palabras sueltas, sino combinando las frases, los párrafos, las secciones o capítulos en unidades de significado cada vez más amplias, hasta llegar a la comprensión de una obra en su totalidad. Un lector ya formado realiza esta operación de manera inconsciente, pero los lectores que comienzan y los que todavía no son suficientemente expertos necesitan ayuda para acostumbrarse a reconocer las unidades de significado.

Bourdieu Pierre y Passeron Jean-Claude, La reproducción. Elementos para una teoría de la enseñanza, Editorial Fontamara, México 1995.

Calvino Italo, Por qué leer a los clásicos, Tusquets, segunda reimpresión, México 1994.

Freire Paulo, La importancia de leer y el proceso de liberación. Siglo XXI editores, octava edición, México, 1991

Marcel Proust: À la recherche du temps perdu.

Marcel Proust

Marcel Proust 1.

En 1907, comenzó la que sería la primera parte de su gran novela y que titularía Por el camino de Swann (Du côté de chez Swann), publicada en 1913 a cuenta del autor. La segunda parte, A la sombra de las muchachas en flor (À l’ombre des jeunes filles en fleur) obtuvo el Premio Goncourt en 1919, primer reconocimiento de cierta notoriedad que Proust recibió cuando le quedaban sólo tres años de vida.

À la recherche du temps perdu es una gran reflexión sobre el tiempo, la memoria, el arte, las pasiones y las relaciones humanas atravesada por un sentimiento del fracaso y el vacío de la existencia, animada por más de doscientos personajes: descripciones poéticas, comparaciones y metáforas, reflexiones filosóficas y exposiciones literarias de teorías metafísicas, anécdotas, discusiones y conversaciones que entrecruzan los más variados personajes en los más diversos lugares.

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Varios ejes estructuran la obra, entre los cuales destacan:

El amor y los celos, ilustrados especialmente en la relación entre Swann y Odette, así como en la que el narrador tiene con Albertina
El arte en todas sus formas: pintura, música, literatura, teatro, arquitectura, escultura.
La condición existencial y la subjetividad esencial que la constituye
Las relaciones entre tiempo y memoria.
Los distintos ámbitos y esferas sociales que contrastan entre sí, como la familia y los amigos, la ciudad y el pueblo, los salones burgueses y los aristocráticos.
La homosexualidad, tema tratado en los personajes de Roberto de Saint-Loup, el Barón de Charlus y Carlos Morel.

Proust ofrece un gran panorama de la decadencia de la nobleza francesa a fines del siglo XIX, pero también salva mediante la riqueza imaginativa de su memoria para la posteridad ese modo de vida. También escribió Los placeres y los días (recopilación miscelánea), Jean Santeuil (novela inconclusa y póstuma, publicada en 1952), además de numerosos artículos escritos para la prensa (principalmente de crítica literaria y recopilados en Contra Saint-Beuve y Parodias y misceláneas) y de una cantidad abrumadora de cartas –más de cien mil– cuya publicación se completó en 1993 y alcanzó los veintiún tomos de Epistolario. Tradujo a John Ruskin (The Bible of Amiens, Sesame and Lilies) con ayuda de su madre, de excelente inglés, para la comprensión del idioma.

El estilo literario

En general la obra de Proust posee un estilo literario muy característico e inconfundible, influido por el impresionismo y con marcado carácter simbolista. Domina un tipo de descripción atomizada y narrativamente recurre a un tempo lento y moroso, de párrafo amplio y complejo; su manera de abordar cualquier cuestión es siempre indirecta, en espiral.

Huyendo del realismo y sus excesos naturalistas, Marcel Proust mostrará su transfiguración de la realidad por medio de distintas formas de subjetivismo, como por ejemplo la forma imaginativa de tratar el tiempo y sus observaciones y descripciones impresionistas, pero todas estas técnicas quedan resguardadas a la sombra de la principal característica de la obra de Proust: el fluir proteico de la conciencia, reducida a la durée bergsoniana.

Proust hace uso del monólogo indirecto, el cual supone la presencia de un narrador omnisciente que presenta pensamientos no articulados por la palabra y regularmente conduce al lector a través de una estructura episódica que también es una modificación de la clásica estructura tradicional, por dos razones: por el uso de la analepsis o flashback y por su especial contenido temático. El contenido de la novela no es lineal, y solo reduciéndolo a la caricatura puede denominarse argumental, porque no narra sucesos, como en la escuela tradicional, sino el efecto que producen en la sensibilidad, el pensamiento, la imaginación y la memoria. La obra de Proust presenta también diálogos simultáneos que suceden en un mismo tiempo-espacio.

Los cambios de narración, de lugar, de tiempo, de perspectiva y de narrador, hechos a partir de recuerdos, ofrecen una impresión especial. La novela proustiana posee un tiempo psicológico, manipulado por el narrador.

Marcel Proust 3Ingreso del edificio donde vivió Proust en Paris: Sobrio, elementos constructivos solidos, detalles constructivos pertinentes para comunicar sentido de potencia. Alegorias griegas apropiadas a la imagen de coherencia formal.

La obra de Proust es una narración de sensaciones y detallista. Tal como describe lo que rememora al saborear una magdalena,
“esos bollos cortos y abultados que llaman magdalenas”,
y oler el aroma del té y describir como
“me lleve a los labios una cucharada de té en la que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar me estremecí…”.
Con la misma precisión tratará los sentimientos, a los que sitúa en diferentes puntos de vista y circunstancias, exponiendo en cada caso una nueva descripción,
“…todo eso, pueblo, jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té”. Analiza los átomos de los sentimientos y de las percepciones:
“si deseamos comprender lo bonita que ha sido una mujer no basta con mirarla, hay que traducir facción a facción“.
Tal como saborea el té con la magdalena lo hace con el beso a Albertina.

La lectura de esta novela atrae al lector no tanto por la historia que cuenta, sino por cómo lo hace, ya que Proust es capaz de hacer entrar al lector en su obra, lo atrapa porque une el lenguaje al sentimiento, convirtiendo leer en un espejo que nos permite ver nuestros propios sentimientos que acaban formando parte de la novela. Cada detalle lo alarga en su descripción porque quiere hacer visible cómo lo envuelve el sentimiento.

Referencia literaria

1913-1927: En busca del tiempo perdido [À la recherche du temps perdu]
1913: Por el camino de Swann [Du côté de chez Swann]
1919: A la sombra de las muchachas en flor [À l’ombre des jeunes filles en fleur]

“The Rime of the Ancient Mariner,”

Coleridge’s Poetry

Samuel Taylor Coleridge

The Rime of the Ancient Mariner,” Parts I-IV
Coleridge B
Summary

Three young men are walking together to a wedding, when one of them is detained by a grizzled old sailor. The young Wedding-Guest angrily demands that the Mariner let go of him, and the Mariner obeys. But the young man is transfixed by the ancient Mariner’s “glittering eye” and can do nothing but sit on a stone and listen to his strange tale. The Mariner says that he sailed on a ship out of his native harbor—”below the kirk, below the hill, / Below the lighthouse top”—and into a sunny and cheerful sea. Hearing bassoon music drifting from the direction of the wedding, the Wedding-Guest imagines that the bride has entered the hall, but he is still helpless to tear himself from the Mariner’s story. The Mariner recalls that the voyage quickly darkened, as a giant storm rose up in the sea and chased the ship southward. Quickly, the ship came to a frigid land “of mist and snow,” where “ice, mast-high, came floating by”; the ship was hemmed inside this maze of ice. But then the sailors encountered an Albatross, a great sea bird. As it flew around the ship, the ice cracked and split, and a wind from the south propelled the ship out of the frigid regions, into a foggy stretch of water. The Albatross followed behind it, a symbol of good luck to the sailors. A pained look crosses the Mariner’s face, and the Wedding-Guest asks him, “Why look’st thou so?” The Mariner confesses that he shot and killed the Albatross with his crossbow.

At first, the other sailors were furious with the Mariner for having killed the bird that made the breezes blow. But when the fog lifted soon afterward, the sailors decided that the bird had actually brought not the breezes but the fog; they now congratulated the Mariner on his deed. The wind pushed the ship into a silent sea where the sailors were quickly stranded; the winds died down, and the ship was “As idle as a painted ship / Upon a painted ocean.” The ocean thickened, and the men had no water to drink; as if the sea were rotting, slimy creatures crawled out of it and walked across the surface. At night, the water burned green, blue, and white with death fire. Some of the sailors dreamed that a spirit, nine fathoms deep, followed them beneath the ship from the land of mist and snow. The sailors blamed the Mariner for their plight and hung the corpse of the Albatross around his neck like a cross.

A weary time passed; the sailors became so parched, their mouths so dry, that they were unable to speak. But one day, gazing westward, the Mariner saw a tiny speck on the horizon. It resolved into a ship, moving toward them. Too dry-mouthed to speak out and inform the other sailors, the Mariner bit down on his arm; sucking the blood, he was able to moisten his tongue enough to cry out, “A sail! a sail!” The sailors smiled, believing they were saved. But as the ship neared, they saw that it was a ghostly, skeletal hull of a ship and that its crew included two figures: Death and the Night-mare Life-in-Death, who takes the form of a pale woman with golden locks and red lips, and “thicks man’s blood with cold.” Death and Life-in-Death began to throw dice, and the woman won, whereupon she whistled three times, causing the sun to sink to the horizon, the stars to instantly emerge. As the moon rose, chased by a single star, the sailors dropped dead one by one—all except the Mariner, whom each sailor cursed “with his eye” before dying. The souls of the dead men leapt from their bodies and rushed by the Mariner.

The Wedding-Guest declares that he fears the Mariner, with his glittering eye and his skinny hand. The Mariner reassures the Wedding-Guest that there is no need for dread; he was not among the men who died, and he is a living man, not a ghost. Alone on the ship, surrounded by two hundred corpses, the Mariner was surrounded by the slimy sea and the slimy creatures that crawled across its surface. He tried to pray but was deterred by a “wicked whisper” that made his heart “as dry as dust.” He closed his eyes, unable to bear the sight of the dead men, each of who glared at him with the malice of their final curse. For seven days and seven nights the Mariner endured the sight, and yet he was unable to die. At last the moon rose, casting the great shadow of the ship across the waters; where the ship’s shadow touched the waters, they burned red. The great water snakes moved through the silvery moonlight, glittering; blue, green, and black, the snakes coiled and swam and became beautiful in the Mariner’s eyes. He blessed the beautiful creatures in his heart; at that moment, he found himself able to pray, and the corpse of the Albatross fell from his neck, sinking “like lead into the sea.”

Form

“The Rime of the Ancient Mariner” is written in loose, short ballad stanzas usually either four or six lines long but, occasionally, as many as nine lines long. The meter is also somewhat loose, but odd lines are generally tetrameter, while even lines are generally trimeter. (There are exceptions: In a five-line stanza, for instance, lines one, three, and four are likely to have four accented syllables—tetrameter—while lines two and five have three accented syllables.) The rhymes generally alternate in an ABAB or ABABAB scheme, though again there are many exceptions; the nine-line stanza in Part III, for instance, rhymes AABCCBDDB. Many stanzas include couplets in this way—five-line stanzas, for example, are rhymed ABCCB, often with an internal rhyme in the first line, or ABAAB, without the internal rhyme.

Coleridge C1

Commentary

“The Rime of the Ancient Mariner” is unique among Coleridge’s important works— unique in its intentionally archaic language (“Eftsoons his hand drops he”), its length, its bizarre moral narrative, its strange scholarly notes printed in small type in the margins, its thematic ambiguity, and the long Latin epigraph that begins it, concerning the multitude of unclassifiable “invisible creatures” that inhabit the world. Its peculiarities make it quite atypical of its era; it has little in common with other Romantic works. Rather, the scholarly notes, the epigraph, and the archaic language combine to produce the impression (intended by Coleridge, no doubt) that the “Rime” is a ballad of ancient times (like “Sir Patrick Spence,” which appears in “Dejection: An Ode”), reprinted with explanatory notes for a new audience.

But the explanatory notes complicate, rather than clarify, the poem as a whole; while there are times that they explain some unarticulated action, there are also times that they interpret the material of the poem in a way that seems at odds with, or irrelevant to, the poem itself. For instance, in Part II, we find a note regarding the spirit that followed the ship nine fathoms deep: “one of the invisible inhabitants of this planet, neither departed souls nor angels; concerning whom the learned Jew, Josephus, and the Platonic Constantinopolitan, Michael Psellus, may be consulted.” What might Coleridge mean by introducing such figures as “the Platonic Constantinopolitan, Michael Psellus,” into the poem, as marginalia, and by implying that the verse itself should be interpreted through him?

This is a question that has puzzled scholars since the first publication of the poem in this form. (Interestingly, the original version of the “Rime,” in the 1797 edition of Lyrical Ballads, did not include the side notes.) There is certainly an element of humor in Coleridge’s scholarly glosses—a bit of parody aimed at the writers of serious glosses of this type; such phrases as “Platonic Constantinopolitan” seem consciously silly. It can be argued that the glosses are simply an amusing irrelevancy designed to make the poem seem archaic and that the truly important text is the poem itself—in its complicated, often Christian symbolism, in its moral lesson (that “all creatures great and small” were created by God and should be loved, from the Albatross to the slimy snakes in the rotting ocean) and in its characters.

Coleridge 1

If one accepts this argument, one is faced with the task of discovering the key to Coleridge’s symbolism: what does the Albatross represent, what do the spirits represent, and so forth. Critics have made many ingenious attempts to do just that and have found in the “Rime” a number of interesting readings, ranging from Christian parable to political allegory. But these interpretations are dampened by the fact that none of them (with the possible exception of the Christian reading, much of which is certainly intended by the poem) seems essential to the story itself. One can accept these interpretations of the poem only if one disregards the glosses almost completely.

A more interesting, though still questionable, reading of the poem maintains that Coleridge intended it as a commentary on the ways in which people interpret the lessons of the past and the ways in which the past is, to a large extent, simply unknowable. By filling his archaic ballad with elaborate symbolism that cannot be deciphered in any single, definitive way and then framing that symbolism with side notes that pick at it and offer a highly theoretical spiritual-scientific interpretation of its classifications, Coleridge creates tension between the ambiguous poem and the unambiguous-but-ridiculous notes, exposing a gulf between the “old” poem and the “new” attempt to understand it. The message would be that, though certain moral lessons from the past are still comprehensible—”he liveth best who loveth best” is not hard to understand— other aspects of its narratives are less easily grasped.

In any event, this first segment of the poem takes the Mariner through the worst of his trials and shows, in action, the lesson that will be explicitly articulated in the second segment. The Mariner kills the Albatross in bad faith, subjecting himself to the hostility of the forces that govern the universe (the very un-Christian-seeming spirit beneath the sea and the horrible Life-in-Death). It is unclear how these forces are meant to relate to one another—whether the Life-in-Death is in league with the submerged spirit or whether their simultaneous appearance is simply a coincidence.

After earning his curse, the Mariner is able to gain access to the favor of God—able to regain his ability to pray—only by realizing that the monsters around him are beautiful in God’s eyes and that he should love them as he should have loved the Albatross. In the final three books of the poem, the Mariner’s encounter with a Hermit will spell out this message explicitly, and the reader will learn why the Mariner has stopped the Wedding-Guest to tell him this story.

The Poem