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The Temple of Bacchus

El templo de Baco

The Temple of Bacchus is considered one of the best-preserved Roman temples in the worldbalbeq-v2
Dec 12, 2016

The ancient city of Baalbek, also called Heliopolis or City of the Sun, located in what is now modern-day Lebanon, north of Beirut, in the Beqaa Valley, reached its apogee during Roman times. From the 1st century BC and over a period of two centuries, the Romans built three temples here: Jupiter, Bacchus, and Venus.

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Its colossal constructions make it one of the most famous sanctuaries of the Roman world and a model of Imperial Roman architecture.

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When this area of the Middle East was part of the Roman Empire, Baalbek was known as Heliopolis.

The Temple of Bacchus (left) and the medieval fortifications of Baalbek in front of the city in 1959.

Next to the Jupiter complex, which was created to be the largest temple in the Roman Empire, is a separate building known as the Temple of Bacchus. The temple is slightly smaller than the Temple of Jupiter, and is 66m long, 35m wide, and 31m high.

Although it is sometimes called “The Small Temple, it is larger (and better preserved) than the Parthenon in Athens. .

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Temple of Bacchus entrance.

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Propylaea at the entrance of the site.

The temple was commissioned by Roman Emperor Antoninus Pius and designed by an unknown architect around 150 A.D., after the cult of Bacchus had become popular in the empire. Antoninus Pius had the intention of making the people of the Baalbek region have great respect for the Roman rule.

Dedicated to Bacchus (also known as Dionysus), the Roman god of wine, but traditionally referred to by Neoclassical visitors as the “Temple of the Sun”, it is the best-preserved structure at Baalbek and the most beautifully decorated temple in the Roman world.

The period of construction is generally considered between 150 AD to 250 AD. Photo Credit
A temple most probably dedicated to the Roman Wine God Bacchus. Photo Credit

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The best preserved Roman temple of its size. Photo Credit
Ornamented ceiling.

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The wall inside.

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Corner details.

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Temple of Bacchus pilasters.

The reason why it is so well preserved is because it is part of the Baalbek’s Medieval Fortifications. The main entrance is decorated with grapes and vines, and is an impressive eleven meters high. Some of the carvings on the ceiling include different versions of what worshippers believed Bacchus to have looked like. Other sculptures include rituals, practices, people, and creatures.

A series of earthquakes over the centuries further damaged the site, and nothing was done in the area of preservation or excavation until 1898 when a German expedition began to reconstruct the ruins. Some figurative reliefs depicting Greek gods have survived, though in a very damaged state.

Over the centuries Baalbeck’s monuments suffered from theft, war, and earthquakes, as well as from numerous medieval additions. Photo Credit.

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Temple of Bacchus columns.

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Detail underneath.

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In 1984, several ruins of Baalbek, including the Temple of Bacchus, were inscribed as a World Heritage Site. The temple allures people with its impressive dimensions, richly decorated stone work and monumental gate with Baccic figures.

Reference: Texto e imágenes

https://m.thevintagenews.com/2016/12/12/the-temple-of-bacchus-is-considered-one-of-the-best-preserved-roman-temples-in-the-world/

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Ara Pacis, el triunfo de Augusto

Ara Pacis, el triunfo de Augusto

6 de abril de 2015

 

En el año 9 a.C., el emperador Augusto inauguró un espléndido monumento dedicado a la paz y la prosperidad que su reinado había traído a Roma

En  el año 13 a.C., el Senado romano decidió erigir un altar en señal de agradecimiento por las exitosas campañas del emperador Augusto en Hispania y la Galia, que tuvieron como resultado la sumisión definitiva de ambos territorios a Roma. Se decidió ubicarlo en el Campo de Marte, una amplia zona externa a la muralla, que daba entrada a Roma desde las tierras del norte a través de la vía Flaminia y donde las legiones practicaban los ritos de purificación al regresar de la batalla. Su nombre proviene de un antiguo templo allí consagrado al dios de la guerra, y esta circunstancia no deja de tener carácter simbólico, pues la guerra y la paz constituyen las dos caras del propio Augusto: llegó al poder al término de una cruenta guerra civil, pero supo aportar a Roma la estabilidad política y social que le permitiría convertirse en la dueña del Mediterráneo. En aquel mismo año se levantó un altar provisional en el lado occidental de la vía Flaminia (en lo que hoy es la vía del Corso), y en el año 9 a.C. se terminó de construir el magnífico altar de mármol que conocemos. Desde el siglo II d.C., el monumento fue cayendo en el olvido, cubierto por los lodos que acarreaba el Tíber en sus crecidas, y las transformaciones urbanísticas de la zona determinaron su pérdida definitiva. En el siglo XX fue rescatado de los cimientos de un palacio renacentista y trasladado desde el Campo de Marte hasta la ribera del Tíber para colocarlo frente al mausoleo de Augusto, en el lugar donde hoy se encuentra.

Augusto, de mortal a dios

El Senado decidió llamar al altar Ara Pacis Augustae, es decir, el Altar de la Paz de Augusto. Ya en el año 27 a.C., los senadores habían concedido el título de Augusto al emperador, cuyo nombre de nacimiento era Cayo Octavio Turino. El nombre de «Augusto» proviene del verbo latino augeo (crecer) y tiene el sentido religioso de lo que es venerable; diosas tan relevantes como  Juno –esposa de Júpiter, el soberano de los dioses– recibían ese apelativo. La Paz se volvía «Augusta» y el propio emperador aparecía como un nuevo dios enviado para pacificar a los pueblos. Esa pacificación marcaba una nueva era de prosperidad para Roma, que coincidía con el gobierno del soberano. Comenzaba una nueva etapa de la historia, y ésta es la clave del monumento. 

Junto al Ara Pacis, el Senado decretó el mismo año 13 a.C. la construcción de un horologium, un reloj solar que utilizaba como gnomon un obelisco de granito rojo procedente de Heliópolis (Egipto). El Ara Pacis y el Horologium Augusti se construyeron e inauguraron al mismo tiempo y se dispusieron de tal manera que el día del cumpleaños del emperador, el 23 de septiembre, la sombra del obelisco apuntaba al ingreso del altar. 

 Un mensaje para la posteridad

El Ara Pacis representaba en mármol lo que se conoce como templum minus, un templo menor o provisional. Tales templos estaban delimitados mediante una empalizada de madera, aquí representada en el interior de los muros (de 11 por 10 metros) que acotan el terreno sagrado, y que acogen dentro el altar propiamente dicho. El monumento, que cuenta con puertas en los muros este y oeste, se levanta sobre un pedestal y se accede a él por una escalinata. 

El Ara Pacis ilustra espléndidamente el dicho que el historiador Suetonio puso en boca de Augusto antes de morir: «Encontré Roma como una ciudad de ladrillo y la dejé de mármol», una alusión a su vasta labor de embellecimiento y renovación de la capital. En tal sentido, el altar es una de las edificaciones más representativas de la llamada Edad de Oro augustea, tanto desde el punto de vista histórico como artístico. Pero no sólo el mármol aspira aquí a perdurar en el tiempo; también lo hace el mensaje que transmiten los relieves exteriores, que en tiempos del emperador estaban pintados de vivos colores.

La decoración de los muros norte y sur del Ara Pacis evoca el día de la consagración del templo, cuando tan sólo era una construcción provisional. En ellos se representó una procesión formada por sacerdotes (flamines) y por la propia familia imperial, inspirada en la procesión de las Panateneas del Partenón de Atenas. 

En la entrada: Eneas y los gemelos.

Dos relieves situados en los muros este y oeste del monumento, que representan a Eneas y a la madre Tierra (o a la diosa Venus), se relacionan con los orígenes de Roma y las expectativas de renovación que acompañaban el reinado de Augusto, que había puesto fin a cincuenta años de guerras civiles y parecía anunciar una época de prosperidad y estabilidad. La decoración de estos muros guarda una clara relación con la literatura de la época, sobre todo con las obras del historiador Tito Livio y con la Eneida del poeta Virgilio. Sus textos vinculan a los gemelos Rómulo y Remo, fundadores de Roma, con el héroe troyano Eneas, hijo del pastor Anquises y de la diosa Afrodita. Eneas, que escapa de la destrucción de Troya y se instala en Italia, está en el origen del linaje de Rómulo y Remo, y, por tanto, de Roma. 

Los relieves que flanquean la puerta oeste o delantera del Ara Pacis muestran precisamente dos momentos fundacionales de Roma. A la derecha aparece un hombre que posiblemente sea Eneas, de edad avanzada, mientras realiza un sacrificio a los dioses Penates, las primitivas divinidades domésticas de los romanos. Llama la atención cómo en un segundo plano y a lo lejos aparece representado un templo con los Penates, dejando claro el carácter religioso de la escena. Eneas encarna la pietas erga deos, «la piedad debida a los dioses», uno de los fundamentos de la religión romana. El héroe troyano aparece vestido como un héroe o un dios, con el manto enrollado en la cintura y dejando el hombro derecho desnudo, mientras los dos jóvenes que le ayudan a celebrar el sacrificio, los camilli, van  vestidos con una túnica corta.

Este hecho lleva a pensar en un diálogo entre un tiempo pasado, representado por Eneas, y el futuro, personificado en los jóvenes romanos. Este juego del «futuro en el pasado» era algo muy grato para la cultura romana, y aparece en el libro VI de la Eneida, donde se relata el descenso de Eneas a los infiernos. Allí, su padre Anquises, ya fallecido, le muestra las almas de las futuras glorias de Roma, y en cierto momento el anciano le señala a Augusto, el futuro emperador: «Éste es, éste el que vienes oyendo  tantas veces que te está prometido, / Augusto César, de divino origen, que fundará de nuevo la edad de oro / en los campos del Lacio […] y extenderá su imperio hasta los garamantes y los indios, / a la tierra que yace más allá de los astros, allende los caminos / que en su curso del año el sol recorre». Así anuncia Virgilio en su libro el espléndido porvenir que aguarda a Roma de la mano de Augusto, que fue justamente quien le encargó el poema. 

De hecho, el protagonismo de Eneas en el Ara Pacis tiene como fin la apropiación de la leyenda troyana por parte de la familia imperial, la dinastía Julia, que incluía entre sus antepasados al héroe troyano. Augusto aparece como un nuevo Eneas; no en vano, si se contempla el altar desde la esquina delantera derecha, vemos a un lado a Eneas y, al otro, en el relieve lateral, al mismo Augusto, ambos con la cabeza velada, símbolo del pontífice máximo, la mayor autoridad religiosa de Roma.

Recientemente, sin embargo, se ha propuesto que el personaje que realiza el sacrificio no es Eneas, sino Numa Pompilio, segundo rey legendario de Roma, que celebró en el Campo de Marte un sacrificio a la concordia de romanos y sabinos y que sacrificó una cerda para la ocasión. 

Al otro lado de la puerta oeste aparece otro mito de la fundación de Roma: Rómulo y Remo son amamantados por la loba bajo la higuera ruminal, que aparece en el centro de la composición. El dios Marte, padre de los gemelos, observa la escena, precisamente cuando el pastor Fáustulo acaba de encontrar a la loba que, habiendo acudido a la orilla del Tíber a calmar su sed, halla a los dos bebés abandonados y les ofrece sus mamas. Luego Fáustulo y su esposa criarán a los pequeños. 

Si la fachada oeste del edificio se refiere a un tiempo legendario, el de la fundación de Roma, la fachada este, donde se encuentra la puerta trasera, estaba dedicada a la nueva edad dorada que había empezado con Augusto. 

 

Felicidad y fertilidad

En este relieve, el mejor conservado, vemos a Italia, o la Madre Tierra (Tellus), rodeada de signos de fertilidad: los frutos de la tierra y dos niños, quizá Rómulo y Remo, o tal vez los propios herederos de Augusto: sus nietos Gayo y Lucio. Los niños aparecen en brazos de la diosa y uno de ellos parece querer mamar. 

«Mamar» en latín se dice felare, y de esta misma palabra deriva el término felicitas («felicidad»), que no es otra cosa que lo que «crece» y, por tanto, es próspero. Otro término, el que se refiere al campo «abonado» (laetus), da lugar a un nuevo término para expresar la felicidad: laetitia, pues tanto el animal que mama como el campo abonado crecen y se vuelven prósperos. En la cultura romana, la felicidad está unida a la idea concreta del crecimiento animal y vegetal. Al mismo tiempo, si partimos de la idea de que los poetas latinos de la época debieron de inspirarse en las imágenes que los rodeaban, los atributos que envuelven a Tellus –los animales y los frutos– están indicando el nacimiento de una nueva edad dorada para la tierra. Este relieve, pues, está destinado a reforzar la idea de felicidad entendida como fertilidad y prosperidad. 

El Ara Pacis es, en definitiva, un poema en mármol, un monumento comparable al mayor poema jamás escrito en latín: la Eneida de Virgilio. Un canto inmortal a la gloria de Octavio Augusto, el primer emperador, y al espléndido futuro que de su mano se abría ante Roma.

Augusto, de revolucionario a emperador. A. Goldsworthy. La Esfera de los Libros, 2014.

Augusto y el poder de las imágenes.  Paul Zanker. Alianza, 2005.

Ara Pacis

Augusto

 

La Ciudad neoclásica: John Soane y Jean Louis de Cordemoy

La Ciudad neoclásica

John Soane y Jean Louis de Cordemoy

Percy C. Acuña Vigil

El término Neoclasicismo (del griegoνέος neos, el latín classicus y el sufijo griego –ισμός -ismos) surgió en el siglo XVIII para denominar de forma negativa al movimiento estético que venía a reflejar en las artes, los principios intelectuales de la Ilustración, que desde mediados del siglo XVIII se venían produciendo en la filosofía, y que consecuentemente se habían transmitido a todos los ámbitos de la cultura.

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Puerta de Brandenburgo

Con el deseo de recuperar las huellas del pasado se pusieron en marcha expediciones para conocer las obras antiguas en sus lugares de origen. La que en 1749 emprendió desde Francia el arquitecto Jacques-Germain Soufflot, dio lugar a la publicación en 1754 de las Observations sur les antiquités de la ville d’Herculaneum, una referencia imprescindible para la formación de los artistas neoclásicos franceses. En Inglaterra la Society of Dilettanti (Sociedad de Amateurs) subvencionó campañas arqueológicas para conocer las ruinas griegas y romanas. De estas expediciones nacieron libros como: Le Antichitá di Ercolano (1757-1792) elaborada publicación financiada por el rey de Nápoles (luego Carlos III de España), que sirvieron de fuente de inspiración para los artistas de esta época, a pesar de su escasa divulgación.

Ledoux ciudad ideal

Claude Nicolás Ledoux: Propuesta

También hay que valorar el papel que desempeñó Roma como lugar de cita para viajeros y artistas de toda Europa e incluso de América. En la ciudad se visitaban las ruinas, se intercambiaban ideas y cada uno iba adquiriendo un bagaje cultural que llevaría de vuelta a su tierra de origen. Allí surgió en 1690 la llamada Academia de la Arcadia o Árcades de Roma, que con sus numerosas sucursales o coloniae por toda Italia y su apuesta por el equilibrio de los modelos clásicos y la claridad y la sencillez impulsó la estética neoclásica.

La villa romana se convirtió en un centro de peregrinaje donde viajeros, críticos, artistas y eruditos acudían con la intención de ilustrarse en su arquitectura clásica. Entre ellos estaba el prusiano Joachim Winckelmann (1717-1768), un entusiasta admirador de la cultura griega y un detractor del rococó francés; su obra Historia del Arte en la Antigüedad (1764) es una sistematización de los conocimientos artísticos desde la antigüedad a los romanos.

En Roma también trabajaba Giovanni Battista Piranesi (1720-1778); en sus grabados, como Antichitá romana (1756) o Las cárceles inventadas (1745-1760), y transmite una visión diferente de las ruinas con imágenes en las que las proporciones desusadas y los contrastes de luces y sombras buscan impresionar al espectador.

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Piranesi: Paneon de Roma.

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Piranesi: Escudo Papal.

El trabajo está cargado de simbolismo: la figura en el centro representa la verdad rodeada por una luz brillante (el símbolo central de la iluminación). Otras dos figuras a la derecha, la razón y la filosofía, están rasgando el velo que cubre verdad.

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Piranesi Etchings

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Piranesi: Arco de Trajano

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Piranesi: Fontana di Trevi

La Ilustración representaba el deseo de los filósofos de la época de la Razón (filosofía) por racionalizar todos los aspectos de la vida y del saber humano. Vino a sustituir el papel de la religión (como organizadora de la existencia del hombre) por una ética laica que ordenará desde entonces las relaciones humanas y llevará a un concepto científico de la verdad.

Sin embargo lo central de este periodo es la revolución industrial y los cambios socio económicos que provoco:

En Gran Bretaña se desarrolló de pleno el capitalismo industrial, lo que explica su supremacía industrial hasta 1870 aproximadamente, como también financiera y comercial desde mediados de siglo XVIII hasta la Primera Guerra Mundial (1914). En el resto de Europa, la industrialización fue muy posterior y siguió pautas diferentes a la británica.

Unos países tuvieron la industrialización entre 1850 y 1914: Francia, Alemania y Bélgica. En 1850 apenas existe la fábrica moderna en Europa continental, sólo en Bélgica hay un proceso de revolución seguido al del Reino Unido. En la segunda mitad del siglo XIX se fortalece en Turingia y Sajonia la industrialización de Alemania.

Otros países siguieron un modelo de industrialización diferente y muy tardía: Italia, Imperio Austrohúngaro, España o Rusia. La industrialización de éstos se inició tímidamente en las últimas décadas del siglo XIX, para terminar mucho después de 1914.

La Revolución industrial estuvo dividida en dos etapas: La primera del año 1750 hasta 1840, y la segunda de 1880 hasta nuestros tiempos. Todos estos cambios trajeron consigo consecuencias sociales y económicas que marcaron el ámbito de la ciudad neoclásica en este periodo.

Estos cambios fueron en síntesis:

  1. Demográficos. Traspaso de la población del campo a la ciudad (éxodo rural), Migraciones internacionales, Crecimiento sostenido de la población, Grandes diferencias entre los pueblos, Independencia económica.
  2. Económicos. Producción en serie, Desarrollo del capitalismo, Aparición de las grandes empresas, Intercambios desiguales.
  3. Nace la Cuestión social.
  4. Deterioro del ambiente y degradación del paisaje, Explotación irracional de la tierra.

Con este marco de referencia se construye la ciudad neoclásica que debe su imagen formal a la obra de los arquitectos que desde su intervención particular fueron conformando un todo formal nuevo y que fue respondiendo a la nueva configuración de la sociedad en Europa.

En esta construcción refiero la obra de dos arquitectos que con sus obras marcaron su impronta en la ciudad neoclásica europea. El uno en Inglaterra y el otro en Francia.

John Soane

El último gran arquitecto del neoclasicismo británico, antes del periodo ecléctico de la época victoriana. Profesor de la Royal Academy y miembro de la Oficina de Obras de Londres, su aportación fundamental fue el desarrollo de un estilo personal basado en un clasicismo que reafirmaba las proporciones estructurales y los elementos geométricos básicos de la arquitectura. Su proyecto más importante, el Banco de Inglaterra en Londres (1795-1827, destruido y reformado posteriormente) cuenta con una austera fachada ciega compuesta mediante elementos lineales, cuyo modelo siguió en la despojada Dulwich Art Gallery (1811-1814).

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Banco de Inglaterra.

Los espacios interiores de sus obras suelen ser de una luminosidad impresionante, gracias a la disposición de amplios ventanales, claraboyas y bóvedas vaídas que parecen flotar en la luz. La casa que se construyó como residencia entre 1812 y 1813, en Lincoln’s Inn Fields (Londres), es un compendio de sus experimentos arquitectónicos e innovaciones estilísticas. Esta obra, abierta al público como Museo de sir John Soane, también contiene sus colecciones privadas de pintura y antigüedades.

 

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Lincoln Inn Fields

 Referencia

Archivo de John Soane

John Soane: Arquitectura Neoclásica.

Soane: Arquitecto de colecciones

La casa de John Soane

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Claremont House

Soane 5 Banco de Inglaterra

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Abée Jean Louis de Cordemoy

El Abate Jean-Louis Cordemoy (1655-1714) fue un historiador de arquitectura francesa, Prior de San Nicolás en La Ferté-sous-Jouarre (Seine-et-Marne), y un canónico en St-Jean-des-Vignes Soissons (Aisne). Su nuevo “Tratado de toda la arquitectura fue uno de los primeros estudios de la arquitectura eclesiástica, en donde alabó el estilo gótico por su clara expresión de la estructura.

En este tratado discutió la obra de Vitrubio y de Alberti (1404-1472), incluyendo la catedral y la Plaza de Sn. Pedro en Roma. Fue el modelo de arquitectura y sirvió de referencia a la obra de Jacques German Soufflot (1713-1780) en Santa Genoveva.

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Sta. Genoveva. París.

Bajo la influencia de Michel de Fremin y Claude Perrault sus ideas de orden, decoro y disposición como expresiones de la integridad con la naturaleza y la estructura fueron precursoras de los conceptos modernos de funcionalismo y la fidelidad a los materiales. [[1]]

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Sta. Genoveva. París.

Su obra tuvo un impacto considerable en la teoría de la arquitectura del siglo 18, especialmente en la de Antoine Desgodetz, Marc-Antoine Laugier (1713-1769), De la Hire y Boffrand, (1667-1754). Él también participó en un áspero debate con el ingeniero Amédée-François Frézier En cuanto a la arquitectura sagrada en el periódico jesuita “Memorias de Trévoux”, una escaramuza en el Debate de los antiguos y los modernos.

Referencia

Page de Sylvie Pressouyre. (Bulletin Monumental.

L’abbé de Cordemoy, Laugier, Soufflot et l’idéal gréco-gothique

La Théorie Architecturale a L’Age Classique

Extracto de una carta del autor              

Su obra se anticipó a la de Jacques François Blondel (1705-1774) y a la de Adolf Loos, (“Ornament and Verbrechen”).

Laugier reinterpreto a Cordemoy y su obra influencio a la de E. Louis Boullée (1728-1799), Jacques Gondouin (1737-1818), Pierre Patte (1756-1775), Marie Joseph Peyre (1730-1785), al mismo Nicolás Ledoux (1736-1806) y a Charles Percier (1764-1838)  y Pierre L. F. La Fontaine (1762-1853) en la Rué de Rivoli y en el Arc du Carrusel.

[[1]] History of Architectural Theory, Hanno-Walter Kruft, 1994, p.141.

 Walter Scott. (1771/08/15 – 1832/09/21)

Walter Scott

Escritor escocés. Nació el 15 de agosto de 1771 en Edimburgo (Escocia). Hijo de un abogado. Este hijo de un abogado fue el creador de la identidad escocesa.

Cursó estudios en su ciudad natal. A pesar de la cojera que contrajo por la polio en la infancia, desde 1792 recorrió los más remotos rincones de Escocia y recogió baladas del folklore local, con las que en 1802 publicó la colección «Minstrels of the Scottish Border» y, a partir de 1805, «The lady of the Last Minstrel», una serie de poemas narrativos, aunque ya antes sus traducciones de romances góticos alemanes, en 1796, le dieron reputación como traductor.

Su primer poema extenso, El canto del último juglar (1805), consiguió un notable éxito, después escribió una serie de poemas narrativos románticos, de la que forman parte Marmion (1808), La dama del lago (1810), Rokeby (1813) y El señor de las islas (1815).

En 1813 fue propuesto como poeta laureado de Inglaterra, pero no aceptó el ofrecimiento. También realizó también ediciones de poetas ingleses, como la de los escritos de John Dryden, en 1808, y en 1814 las de Jonathan Swift. Considerado como el iniciador de la novela histórica, su obra Waverley (1814) obtuvo un inmediato reconocimiento por parte de la crítica y el público.

Posteriormente publica novelas históricas como Guy Mannering (1815), El viejo Mortalidad (1816), El corazón de Midlothian (1818), Rob Roy (1818), La novia de Lamermoor (1819), Ivanhoe (1820), Kenilworth (1821), Quentin Durward (1823) y La muchacha de Perth (1828). Con los beneficios por la venta de sus obras, mandó construir una enorme propiedad en Escocia, bautizada Abbotsford, de la cual en 1820 fue nombrado barón.

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Asociado a la firma de impresores de James Ballantyne y a la editorial de Archibald Constable, que sucumbieron a la crisis económica de 1826, rechazó ampararse en la bancarrota, y pagó durante el resto de su vida una deuda de más de 120.000 libras esterlinas. En 1827 completó el poema épico Vida de Napoleón Bonaparte.

Su novela histórica nace además como expresión artística del nacionalismo propio de los románticos y de su nostalgia ante los cambios brutales en las costumbres y los valores que impone la transformación burguesa del mundo. El pasado se configura así para él como una especie de refugio o evasión, también de lugar para desarrollar la imaginación.

Fue alabado de inmediato por los más grandes, como Goethe y Manzoni. Influyó en muchos de los escritores del siglo XIX y no sólo por los novelistas históricos (así lo reconocía Balzac). Más tarde, alguien tan elogiado hoy como Robert Louis Stevenson fue un gran admirador y seguidor de ese otro novelista escocés.5

Scott fue el responsable de dos de las principales tendencias que se han prolongado hasta hoy. Primero, básicamente él inventó la novela histórica moderna; y un enorme número de imitadores (e imitadores de imitadores) aparecieron en el siglo XIX. En segundo lugar, sus novelas escocesas continuaron la labor del ciclo de Ossian, de James Macpherson, para rehabilitar ante la opinión pública la cultura de las Tierras Altas Escocesas, después de permanecer en las sombras durante años, debido a la desconfianza sureña hacia los bandidos de las colinas y las rebeliones jacobitas. Como entusiasta presidente de la Celtic Society of Edinburgh contribuyó a la reinvención de la cultura escocesa.

Debe señalarse, sin embargo, que Scott era un escocés de las Tierras Bajas, y que sus recreaciones de las Tierras Altas eran un poco extravagantes. Su organización de la visita del rey Jorge IV a Escocia en 1822 fue un acontecimiento crucial, llevando a los sastres escoceses a inventar muchos tartanes de los diversos clanes.

Pero, tras ser uno de los novelistas más populares del siglo XIX, Scott tuvo un fuerte declive en su popularidad después de la Primera Guerra Mundial. Edward Morgan Forster marcó el camino crítico en su clásico Aspects of the Novel (1927), donde fue atacado como un escritor trivial, que escribía novelas pesadas y carentes de pasión (aunque reconocía que “sabía contar una historia; poseía esa facultad primitiva de mantener al lector en suspense y jugar con su curiosidad”).6

Scott también sufrió al crecer el aprecio por escritores del Realismo, como sucedió con Jane Austen. En el siglo XIX se la consideraba una entretenida «novelista para mujeres»; pero en el siglo XX se revalorizó su obra, comenzando a ser considerada como quizá la mejor escritora inglesa de las primeras décadas del siglo XIX. Al alzarse la estrella de Jane Austen, declinó la de Scott, aunque, paradójicamente, había sido uno de los pocos escritores masculinos de su tiempo que reconocieron su genio. Pero Virginia Woolf, defensora de Jane Austen, decía que “los verdaderos románticos pueden trasportarnos de la tierra a los cielos, y Scott, gran maestro de la novela romántica, utiliza plenamente esa libertad”, pese a sus convenciones o su pereza.7

Ciertos defectos de Scott (historicismo, prolijidad) no encajaban con la sensibilidad modernista, que no supo apreciar su ironía y sus jugosas descripciones. No obstante, Georg Lukács, en su excelente La novela histórica (1955), escribió páginas muy matizadas sobre el talento épico de Walter Scott y su superación del romanticismo al elevar las tradiciones con ciertos héroes demoníacos.8

Ahora bien, tras haber sido ignorado durante décadas por los especialistas (pero leído en centenares de ediciones hasta hoy), empezó un rebrote de interés por su trabajo en las décadas de 1970 y 1980. Curiosamente, el gusto postmoderno (que favorece las narrativas discontinuas, y la introducción de la primera persona en obras de ficción) eran más favorables para la obra de Scott que los gustos modernistas. A pesar de sus artificios, Scott es considerado ahora como un innovador importante, y una figura clave en el desarrollo de la literatura escocesa y mundial, dada la fuerza de su escritura. El rebrote de la novela histórica, hoy, ha hecho regresar a los grandes maestros.

Es una medida de la influencia de Scott que la estación central de Edimburgo, abierta en 1854 para el ferrocarril británico del Norte, se llame «estación Waverley». Scott fue también responsable, a través de una serie de cartas seudónimas publicadas en el Edinburgh Weekly News en 1826, de que los bancos escoceses conservaran su derecho a emitir billetes de banco propios, lo que se conmemora hoy en día al aparecer el escritor en todos los billetes emitidos por el Banco de Escocia.

Muchas de sus obras fueron ilustradas por su amigo William Allan.

Sir Walter Scott: La creación de la identidad escocesa:

Todo la historia de la inclusión de Escocia quedaba ya lejos en 1814, cuando Scott, que era un poeta romántico reconocido en Escocia, publicó Waverley. El Romanticismo estaba en su apogeo y la novela tenía todos los elementos para gustar, causa perdida, héroe desafortunado… no solo tuvo éxito en su país, sino que se convirtió en el libro de moda en Inglaterra y alguien se la recomendó al príncipe regente. El futuro Jorge IV era lo que los ingleses llamaban un snob, “estar a la última” era para él más importante que cualquier sesuda cuestión política, y se entusiasmó tanto con la novela que quiso conocer a su anónimo autor.

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Cuando Walter Scott acudió a cenar en palacio, su anfitrión quedó fascinado por la Escocia de leyenda heroica que fabulaba el escritor y se dejó convencer por sus cantos de sirena: él era el último de los Estuardos, un auténtico highlander, la reencarnación de Bonnie Prince Charlie. Para una persona tan preocupada por su aspecto físico como Jorge, rechoncho y de rasgos poco finos, la comparación con un ideal de belleza y garbo como había sido Bonnie Prince fue irresistible. Jorge se echó en brazos de Scott.

Poco después subió al trono como Jorge IV y decidió hacer el viaje de Estado más trascendental que hubiera afrontado la dinastía reinante. Por primera vez en casi dos siglos, el rey iría a conocer su reino del Norte, la olvidada Escocia. Iba a ser la actuación política más importante de su reinado, y sorprendentemente –o no tanto, conociendo su caprichoso carácter– Jorge la dejó en manos de Walter Scott, al que ya había ennoblecido con el título de baronet. La circunstancia sería ciertamente única: un escritor iba a tener oportunidad de trasladar a la realidad las creaciones de su imaginación. Walter Scott iba a inventarse Escocia.

Dos Escocias.

En realidad, desde la Edad Media existían dos Escocias. Los romanos, tras conquistar Britania, despreciaron ocupar y colonizar la parte norte de la isla, de terreno agreste y tribus muy belicosas. Adriano hizo construir un muro que, literalmente, partía Gran Bretaña en dos, condenando a Escocia al ostracismo. Fuera de la civilización romana, ese país conservó la organización tribal de los primitivos celtas, el sistema de clanes en perpetua guerra entre sí. Pero desde finales de la Edad Media, en las Tierras Bajas de la parte Sur y la costa Este, el contacto con Inglaterra y Francia propició la creación de un reino y una sociedad feudal equiparables a los del resto de Europa.

Walter Scott v3

Las Tierras Bajas entraron en una era de prosperidad económica tras la unión con Inglaterra establecida por el Act of Union de 1707, y su capital, Edimburgo, se convirtió en el siglo XVIII en uno de los focos de la Ilustración, en sintonía con París y Londres. Esa ciudad moderna y cosmopolita sería convertida en un parque temático highlander por Walter Scott.

El escritor asoció en la organización de la real visita a un profesional del espectáculo, el empresario teatral y actor William Henry Murray, amigo y fan de Walter Scott que había llevado a la escena sus novelas, el cual crearía deslumbrantes escenografías para los actos oficiales.

Murray no fue el único en colaborar. En realidad Walter Scott era un producto de la sociedad ilustrada de Edimburgo, donde desde finales del siglo XVIII se había desarrollado el movimiento romántico. Uno de los prolegómenos del Romanticismo europeo es, precisamente, la obra de James MacPherson Cantos de Ossian, que tanto influyó en Goethe. Los Cantos estaban inspirados en leyendas célticas –MacPherson escribió que eran la traducción de un antiguo texto gaélico– y fueron el alimento cultural de Walter Scott en su juventud, la inspiración de sus novelas. También pusieron de moda lo highlander entre las clases altas, y se dio una tremenda paradoja: los nobles poseedores de vastas extensiones en las Tierras Altas practicaban una feroz política de desahucio y expulsión de sus habitantes highlanders, que se veían obligados a emigrar, y a la vez eran los primeros defensores de la vieja cultura en sus clubes de Edimburgo.

Sociedades nostálgicas.

Así fueron apareciendo desde finales del XVIII distintas sociedades, aristocráticas o burguesas, que evocaban el pasado cultural o pretendían recuperar el traje escocés, antaño prohibido, y que contribuirían con entusiasmo en el espectáculo para el rey Jorge IV –algunas incluso le disputaron a Walter Scott su organización–. El general David Stewart of Garth, que era una autoridad en cultura e indumentaria highlander, entrenó militarmente a miembros de la Royal Celtic Society, fundada por él y de la que era socio Scott, para que desfilasen como auténticos y fieros guerreros highlanders ante Jorge IV.

Walter Scott, que era también editor y poseía una imprenta, aprovechó para hacer negocio publicando un librito al precio de un chelín, en donde venía un programa de festejos con detalladas instrucciones para la población sobre cómo debían participar en ellos. La culminación era el gran baile de gala que la nobleza escocesa ofrecería al monarca, denominado por Scott Highland Ball, en el cual “no se permitiría a ningún caballero aparecer vestido de otra forma que en el antiguo traje highlander”.

La necesidad de vestirse de esta forma se convirtió en una fiebre, se supo que el rey había encargado a la prestigiosa sastrería George Hunter & Co, con establecimientos en Edimburgo y Londres, un equipamiento highlander completo, cuya factura de 1.354 libras era una fortuna en la época, y gente que jamás había tenido que ver nada con las Tierras Altas intentaba conseguir kilts y sporrans (faldas y faltriqueras) como fuera. Los sastres no daban abasto y hubo que recurrir al regimiento de Sutherland Highlanders (ver recuadro) para que prestara sus indumentarias a la población civil.

Jorge IV quedó impresionado por lo que halló en Edimburgo, nunca había encontrado una ciudad tan volcada en darle un espectáculo, y surgió una empatía, un mutuo entusiasmo entre sus habitantes y el rey. En una ocasión tuvo que besar a 457 damas escocesas, en otra recibió una ovación de 15 minutos bajo una fuerte lluvia que le empapó a él y a la multitud. Parecía realmente que hubiera llegado la reencarnación de Bonnie Prince Charlie, y Jorge incluso realizó una visita-homenaje al palacio donde había vivido María Estuardo, la reina escocesa a la que le cortó la cabeza una reina inglesa. Aquel viaje sería la luna de miel de una larga relación amorosa entre la monarquía británica y la Escocia inventada por un escritor romántico.

Walter Scott falleció el 21 de septiembre de 1832 en Abboostford. Todas sus deudas quedaron saldadas, a través de la venta de los derechos de autor de sus obras, en el año 1847.

El Combate del 2 de mayo: cuando España perdió los papeles

Domingo 01 de mayo del 2016 | 20:15

El Combate del 2 de mayo: cuando España perdió los papeles

La historia detrás del Combate del 2 de mayo: un hecho movido por intereses económicos y políticos.

Combate 2 de mayo A

Obra del pintor Rafael Monleón (1847-1900) que recrea el bombardeo del Callao. En el centro aparece la poderosa nave Numancia.

Combate 2 de mayo B 

Uno de los cañones Blakely de la batería Santa Rosa, manejado por marinos y voluntarios.

Un Estado en crisis, la riqueza del guano e intereses de grupos económicos desencadenaron hace 150 años un combate que ha pasado a la Historia como una gesta colectiva, nacional y continental por evitar que la antigua metrópoli recupere sus dominios en el Pacífico sur. ¿Cuánto de verdad hay en esta afirmación? ¿Fue realmente el Combate del 2 de Mayo de 1866 una “segunda independencia”, que consolidó lo que la América andina había logrado en la Pampa de la Quinua en diciembre de 1824?

    En efecto, entre 1864 y 1866, se desató un conflicto con España, entonces gobernada por Isabel II, una reina poco iluminada —como todos los monarcas que ocuparon el Palacio Real de Madrid en el siglo XIX—. Un confuso incidente en la hacienda Talambo, al sur de Lima, el afán de notoriedad de ciertos personajes y, especialmente, los intereses de un grupo influyente de poseedores de papeles de la deuda con España precipitaron un escenario bélico, insostenible para cualquiera de sus protagonistas, especialmente para el moribundo Imperio español, situado a miles de kilómetros 
de distancia.

—Trama de intereses—

Todo se remontaba a la Independencia, cuando la población tuvo que apoyar, ya sea por convicción o por coacción, a uno u otro bando, con dinero, joyas y diversos bienes ‘secuestrados’ o incautados. Eso generó una deuda: los generales realistas o patriotas firmaban papeles con la promesa de honrar aquella colaboración al conseguir la victoria. Cuando cayeron los realistas, en la Capitulación de Ayacucho, los patriotas reconocieron una deuda con España, que incluía las contribuciones de los que defendieron la fidelidad a Fernando VII.

    Pero el nuevo Estado republicano nació sin fondos, en medio de una debacle que se acentuó por los 20 años que siguieron a la Independencia: violencia social, guerra civil y caudillismo militar. En ese caos no podía cubrir ninguna deuda. Y no solo con España, sino también con Chile, Argentina y Colombia, que tenían cuentas pendientes por el envío de las tropas de San Martín y Bolívar.

    En 1835, un peruano exiliado en España, Manuel Martínez del Campo y Cortázar, presentó, ante un juez de primera instancia de Lima, un expediente solicitando la devolución de sus propiedades secuestradas por los patriotas en las guerras de Independencia. No tuvo éxito. 

    Con el advenimiento de Ramón Castilla, y con el período de aparente paz política y estabilidad económica que se avizoraba debido a la venta del guano, los poseedores de los títulos de la deuda de la Independencia vieron la oportunidad de empezar a cobrar. Pero la famosa Ley de Consolidación de la Deuda Interna, dada por Castilla en 1847, solo consideró los préstamos otorgados a los patriotas. Continuaba la frustración para el otro bando. Un sector de la opinión pública aplaudió la decisión de Castilla: reconocer la deuda con los realistas era asumir que aquella guerra fue injusta. Ya afloraban los argumentos nacionalistas.

    El camino para estos acreedores era presionar para que España firme un tratado con el Perú, algo doblemente complicado pues el gobierno de Madrid aún no reconocía oficialmente nuestra independencia, y todo por la deuda impaga. Uno de los personajes que más batalló por ese acuerdo fue José Joaquín de Osma quien, en 1853, viajó como plenipotenciario del Perú ante la corte de Isabel II e intentó negociar un tratado de paz y amistad con el ministro Ángel Calderón de la Barca. No tuvo éxito.

    Ante ese panorama, un grupo de acreedores formó la Sociedad General de Crédito Mobiliario Español, que reunió títulos de la deuda peruana. Había que aprovechar la bonanza del Estado peruano por la exportación del guano y presionar. Entre 1856 y 1864, De Osma presidió su consejo administrador, utilizando su enorme influencia en la corte de Madrid (su esposa era aristócrata y una de las acreedoras de esta deuda). El historiador español Jerónimo Bécker (La independencia de América, su reconocimiento por España, 1922) añade el caso de Merino Ballesteros, quien también tenía reclamaciones contra el Perú. Sus hermanos dirigían un periódico, Eco hispano-americano, que se editaba en París, en el que redactaban artículos incendiarios para que nuestro país reconociera la deuda. 

—La crisis española— 

Si algo requería la España decimonónica era dinero, no reconquistar territorios de ultramar, tarea imposible dado el nuevo escenario americano, de repúblicas en vías de consolidación y de hegemonía británica, por más que la invasión francesa en México hiciera reverdecer sueños imperiales y monárquicos. 

    Ante la crisis, y aprovechando los términos de la capitulación de Ayacucho, el Perú podía ser una fuente de dinero para la caótica situación peninsular. El testimonio de José Ferrer del Conto, presidente del Consejo de Ministros español, quien pedía reconocer la independencia del Perú para cobrar la deuda es elocuente: “La mayor riqueza de esa nación, sin contar la de sus ruinas, que hoy se halla casi abandonada por falta de laboreo, consiste en la gran riqueza del guano, depositado en Londres y París, se hace por toda la Europa un tráfico intensamente lucrativo” (Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores de Madrid, Leg. 210). Como vemos, un posible embargo al guano en Europa era una medida de presión.

    Crisis monetaria, contracción del comercio, paralización de la industria algodonera (por la guerra civil norteamericana) y aumento de impuestos eran solo algunos elementos de la explosiva situación. Pero una guerra en el Pacífico sur era una aventura suicida por su altísimo costo. Nicolás Sánchez Albornoz, historiador español, reconoce que la guerra de su país con el Perú y Chile fue “hecha en un período deflacionista” y que por su “elevado costo de mantenimiento” solo llegó a aumentar el gasto público. Raymond Carr, historiador británico, es aun más radical: “La guerra con Chile y Perú fue estúpida por sí misma y en especial enajenó a acreedores de Londres y París con intereses en las repúblicas del Pacífico”. En otras palabras: ninguna de las dos potencias europeas se iba a sacrificar para que el Perú honrara cualquier deuda con España en detrimento de ellas.

—Los hechos se precipitan—

Un aislado incidente en la hacienda Talambo, en la costa norte peruana, donde murió un trabajador español, fue la excusa perfecta para desatar un escándalo diplomático-militar. La escuadra española tomó en 1864 las islas de Chincha, principal yacimiento de guano, y se inició la presión. El general Juan Antonio Pezet, presidente de entonces, cedió y firmó el Tratado Vivanco-Pareja, que reconocía la deuda, se comprometía a cubrir los gastos de la flota invasora y aceptó recibir a un comisario regio, como en los tiempos del Virreinato. Triunfo de los acreedores.

    Pero la opinión pública peruana mostró su indignación, pues esto vulneraba la soberanía del país. En Arequipa se desató la revolución “nacionalista” del entonces coronel Mariano I. Prado, quien hizo caer el gobierno de Pezet, formó la Cuádruple Alianza con Chile, Bolivia y Ecuador, y le declaró la guerra a España. Si entre los vecinos había diferencias comerciales o limítrofes, estas debían dejarse de lado ante un objetivo superior: el espíritu americanista. Uruguay y Argentina se abstuvieron de integrar la alianza, mientras Brasil se declaró neutral.

    Los dos episodios más dramáticos del conflicto fueron desencadenados por la escuadra española, ambos en 1866: los bombardeos de Valparaíso (31 de marzo) y del Callao (2 de mayo). El primero significó la destrucción del principal puerto chileno; y el segundo, un combate en el que ambos bandos se adjudicaron la victoria. En el caso peruano, fue el éxito político de Mariano I. Prado, la aparición de José Gálvez como héroe nacional y una gesta popular, pues militares y civiles se unieron en la defensa del Callao.  

    Las noticias de estos acontecimientos provocaron encendidas polémicas en España. Según el cronista Antonio Bermejo (La estafeta de Palacio, 1872), los periódicos fueron propicios para que algunos personajes por “créditos que se hallaban en manos de algunos capitalistas que eran el alma del negocio y los primeros iniciadores de la guerra” desembocaran sus iras contra el Perú. En realidad, como reconoce Jerónimo Bécker, había un profundo desconocimiento de la situación y de los verdaderos intereses en este conflicto. La prensa madrileña, la oficial y la de oposición, como La Iberia, de los progresistas, y La Discusión, de los demócratas, publicaban furiosos artículos contra las repúblicas del Pacífico sur. 

    La guerra distrajo por algunas semanas a los españoles del permanente caos político en el que vivían: los bombardeos a Valparaíso y al Callao capturaron la atención del pueblo. Ese triunfalismo se desvaneció el 22 junio, cuando se sublevó el cuartel de artillería de San Gil, en Madrid, contra Isabel II y el gobierno de Leopoldo O’Donnell, protegido de la reina. La monarquía se tambaleaba. 

    Tras un armisticio convenido en 1871, la paz llegó con la firma del Tratado de París en 1879, que estableció el “olvido del pasado”, la amistad permanente y el nombramiento de diplomáticos. Por fin, España reconocía al Perú como república independiente. Perdieron los acreedores. Ganó la soberanía de la joven república.

 Ataque y defensa: minuto a minuto por Jorge Paredes Laos

No solo los cañones y las balas fueron de gran utilidad aquel frío y neblinoso miércoles de 1866. Ese 2 de mayo un novísimo invento permitió por primera vez en la historia narrar un combate minuto a minuto. Gracias al telégrafo, El Comercio imprimió ese día varias ediciones que hoy 150 años después nos permiten revivir estos acontecimientos. Con gran prontitud, y bajo el título de “Crónica interior”, se publicó el mismo 2 de mayo de 1866 la sucesión de hechos que reporteros y telegrafistas enviaban desde el Callao para mantener informada a la población de Lima.

    “Los españoles no se mueven. Uno de los cañones que se colocaron cerca de la estación está completamente listo. Nada notable ocurre hasta estos momentos”, dice el primero de estos mensajes que llegó a la redacción a las ocho de la mañana. Dos horas después volvieron a sonar las alarmas: “Los buques españoles se han puesto en movimiento y se cree que es para atacar”, y siete minutos después: “Los buques españoles han avanzado hacia las baterías. Estas principian a despejar para dejar expeditas a las gentes útiles”. Y de ahí el telégrafo no paró de enviar información. A las 11:13 se lee: “S. E. visita las baterías. El gran cañón está expedito. Los aguardamos con impaciencia”. A las 11:25: “Los buques españoles de combate continúan avanzando con la proa al norte, pero lentamente”. A las 11:37: “La Vencedora hace proa al este”. Así otros telegramas más a las 11:50, 11:59 y 12:01. Entonces, se lee: “Los enemigos forman su línea de batería, después de poner su rumbo al norte han puesto tiros al puerto”. El combate había comenzado.

    Durante cuatro horas, cientos de militares y civiles defendieron el Callao, de los “piratas” y “sicarios”, como eran llamados entonces los españoles, al mando del brigadier Casto Méndez Núñez.

* * *
Lo que se produjo el 2 de mayo fue en realidad el desenlace de un conflicto que llevaba ya varios años. Como explica el historiador Jorge Ortiz Sotelo, desde la Independencia y Ayacucho —en 1824— el Perú no había suscrito un tratado de paz con su antigua metrópoli y técnicamente ambas naciones seguían siendo beligerantes. La situación se agravó desde 1862 cuando una fuerza naval española ingresó al Pacífico sur para conducir una misión científica. Dos años después fueron tomadas las islas de Chincha y la guerra era inminente. A finales de abril de 1866 la armada española enrumbó hacia el Callao, dispuesta a bombardear el puerto. Eran 17 naves: la fragata blindada Numancia, en ese momento una de las más poderosas del mundo; y las fragatas Blanca, Resolución, Berenguela, Villa de Madrid y Almansa, y la corbeta Vencedora, además de siete buques auxiliares y tres transportes.

    En el Callao, mientras tanto, se vivía un clima de expectación. Como explica el director del Museo Naval del Perú, contralmirante (r) Francisco Yábar Acuña, las defensas del puerto habían sido modernizadas bajo la supervisión de Ernest Malinowski, el mismo ingeniero polaco que trazó nuestras líneas ferroviarias. Ese 2 de mayo, el Callao fue defendido en tres zonas: “Al norte estaba el fuerte Ayacucho, con dos cañones Blakely de 500 libras; la batería Pichincha con seis piezas de 32 libras; la Torre de Junín con dos Armstrong de 300 libras y la batería Independencia con seis cañones de 32 libras. En el centro se encontraba el llamado Cañón del Pueblo, los vapores Sachaca y Tumbes, donde estaba el comandante de la escuadra, Lizardo Montero; el blindado Loa y el monitor Victoria, estos dos últimos construidos en el Callao para honra de la industria naval peruana. Y al sur, se hallaba la Torre de la Merced, con dos Armstrong de 300 libras, la batería Santa Rosa con dos Blakely de 500 libras, y las baterías Maipú, Chacabuco, Provisional y Abtao”, explica Yábar. 

Algunos hechos anecdóticos grafican el clima que se vivía en el puerto. Como apunta Ortiz Sotelo, el Cañón del Pueblo fue montado en apuradas 48 horas por más de 3.000 hombres, muchos de ellos voluntarios. Y Yábar destaca que las torres blindadas de Junín y La Merced habían sido compradas para ser instaladas en la fragata Apurímac, pero por el afán de defender el puerto fueron puestas en tierra. 

* * *
Según el historiador y marino Michel Laguerre, el Combate del 2 de Mayo y la guerra con Chile son los dos hechos bélicos de mayor trascendencia de nuestra historia, ocurridos cuando el Perú apenas surgía como nación. “De ahí nacieron los personajes y símbolos que ayudaron a cohesionar la sociedad peruana”, dice. “En el caso específico del 2 de Mayo, el Perú festejó el triunfo —así como el resto de países sudamericanos— con un júbilo libertario propio de las épocas de la Independencia. Los protagonistas de estas jornadas fueron aclamados y reconocidos por el pueblo y, parafraseando a Jorge Basadre, podemos decir que este combate fue el símbolo de la unión peruana”, añade Laguerre. Ese día participaron no solo miembros de la Marina y el Ejército, sino también abogados, bomberos, alumnos de colegios, extranjeros, artesanos y cientos de voluntarios dispuestos en las baterías, fuertes y torreones, que iban desde La Punta hasta la desembocadura del río Rímac.

    Un telegrama de las 15:30 decía: “La Numancia y dos fragatas sostienen en este momento el fuego. Los restantes han salido afuera con averías. Nuestras baterías se mantienen con energía”. Y a las 15:45: “La Numancia se ha internado adentro, no puede moverse”. La suerte para los españoles estaba echada. Ocho días después, las últimas naves enemigas se perdían en el horizonte, detrás de la isla de San Lorenzo. La aventura bélica había llegado a su fin. 

EL ATEÍSMO DE BOLIVAR

Comparto este escrito enviado por mi amigo y colega Arq. PHD. LEONARDO MATTOS CARDENAS

EL ATEÍSMO DE BOLÍVAR

Leonardo Mattos Cárdenas*

«Hay ateos doblemente buenos»
(Papa Francisco, abril 2013)

Sobre Bolívar ha sido dicho que se podría sustentar casi todo, escogiendo entre sus textos o, como escribe Patricio Ricketts en el precedente número de esta revista, él mismo escribiría por nosotros.

Simón Bolívar (1783-1830) fue una personalidad dotada de una gran curiosidad para tratar de entender el mundo y la sociedad; aunque consideramos que tuvo sólo contadas ocasiones en que reveló su más profundo credo personal.1

Desde muy temprano en su actividad política despertó opiniones al respecto, ante el terremoto del jueves santo de 1812 en Caracas y el fraile realista que lo atribuía a un justo «castigo del cielo», Bolívar replicó
«si la naturaleza se opone a nuestros designios lucharemos contra ella y
la haremos que nos obedezca» –como refiere Domingo Díaz que acusó de «impías y blasfemas» y otros de ateas, estas expresiones–.

* Arquitecto por la Universidad Nacional de Ingeniería (Lima) y la Universidad La Sapienza (Roma). Con mención en Historia y Ph.D. en Studio e Restauro dei Monumenti por esta misma universidad. Diplomado en Planning Studies por la Edinburgh University y M.Sc. en Environmental Conservation por la Universidad Heriot-Watt (Edimburgo).
1 Al momento de redactar su testamento ordenó quemar parte de su correspondencia [Augusto Mijares, El Libertador (Caracas: Presidencia de la
República, 1987), p. 65].

Autores contemporáneos encontraron en esas palabras influencias del pensamiento de la Ilustración, y según Belaunde2 «su reacción no sólo fue de rechazo al fanatismo, sino expresión de esa fe y optimismo, que acompañaron a Bolívar».

Por lo poco realizable del gesto anoté3 que: «En estas frases se aprecia el desarrollo del idealismo ya típicamente romántico, desplazando el empirismo, el racionalismo del análisis del territorio que había caracterizado antes a la vanguardia del pensamiento».4 En este breve ensayo desearíamos tratar de hilvanar de una manera lógica su así llamado ateísmo.

Una primera ocasión la encontramos en su juventud, en un ámbito íntimo familiar, a tres años de su repentina viudez. Otras igualmente íntimas, ante la sensación o cercanía de la propia muerte. Ocasiones de las cuales recogemos palabras y algunas decisiones.

Antes de casarse, durante su primer viaje a Europa, a mediados de
18015 Bolívar en Bilbao había frecuentado al coronel Mariano Tristán y a Thérèse Laisné (padres de la futura escritora y activista Flora Tristán:
1803-1844).

Después de su prematura viudez durante el segundo viaje (1803-1807), siguió frecuentándolos hasta mediados de 1806, en la casa con gran jardín que ellos tuvieron en Vaugirard, aristocrática periferia de París.

2 Javier de Belaúnde, Simón Bolívar (Lima, Brasa, 1989), p. 27.
3 Leonardo Mattos-Cárdenas, «Neoclasicismo y modernidad en la concepción bolivariana del urbanismo y el territorio», en Bolívar y Europa en las crónicas, el
pensamiento político y la historiografía (Caracas: Presidencia de la República,1992), II, p. 764.
4 «Ideología y políticas del territorio en ámbito y periodo bolivariano», Primer Coloquio Europeo de Estudios Bolivarianos, 1983, Sociedad Bolivariana de Roma. Ver además Leonardo Mattos-Cárdenas, Bolívar y el Urbanismo, separata revista Storia della Città 38/39 (Milán, Ed. Electa, 1987) y Urbanismo Andino e Hispanoamericano – Ideas y realizaciones (1530-1830) (Lima: INIFAUA, UNI, 2004).
5 La cronología adoptada es la de Marcos Álvarez García y Antonio J.A. Martins,
Simón Bolívar en Europa. Una cronología comentada (Bruselas: Universidad Libre, 1983).

La última carta de Bolívar antes de regresar a Venezuela a Thérèse Laisné, revela un deseo roussoniano y quizás masónico6 de adentrarse en los encantos de la naturaleza para entender mejor el mundo (aún si confiesa también aburrirse): «me vuelvo a América. Usted sabe que todo en mi es espontáneo, que no formo jamás proyectos. La vida del salvaje tiene encantos para mí; es probable que yo construya una choza en los bellos bosques de Venezuela».

Concluye su carta con una neta y profunda reflexión: «Adiós, querida Teresa, o más bien: a la nada… pues usted lo sabe, yo no tengo la felicidad de creer en la vida del otro mundo [firmado] Simón Bolívar».7

En esa etapa de formación de su pensamiento Bolívar se había iniciado también en la masonería, como otros que consideraron su filiación útil en el viejo mundo en aquellos momentos, y sucesivamente para organizar la independencia de los nuevos Estados.

Pero como sabemos, durante su gobierno modificó su pensamiento. Privadamente primero, escribiendo a Santander que aquella «curiosidad… le había bastado para juzgar lo ridículo», y en otra de tenor similar enviada desde Potosí en 1825.8 Públicamente después, prohibiendo la formación de esas sociedades secretas en Colombia mediante decreto del 8 de noviembre de 1828.

El desarrollo de sus convicciones políticas, al igual que el de aquellas íntimas, fue producto de un pensamiento «intercultural»; así como del contacto multidisciplinar, y lecturas:

6 Véase la trama de la ópera masónica La flauta mágica de Mozart (Viena 1791), que pudo conocer en esos años.
7 Los énfasis son nuestros. Carta familiar en francés recibida un año antes de la muerte de Mariano Tristán publicada (junto a otra) por Flora Tristán en el periódico Le Voleur de París el 31/7/1838 [Estuardo Núñez, Prólogo y Selección: Flora Tristán.
Ensayos escogidos (Lima: Peisa, 1974), Biblioteca Peruana 44, p. 133].
8 Rubén Vargas Ugarte, «Ideas religiosas del Libertador» (1951), en Testimonios peruanos sobre el Libertador (Caracas: Imprenta Nacional, 1964), p. 167.

– De Simón Rodríguez, maestro que «formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso» (escribía el 19/
1/1824 invitándolo a Lima); que ya en viaje en 1824 en sus «Consejos de amigo dados al colegio de Lacatunga» propone la enseñanza del keshua, más ciencias, oficios y menos teología, visto que «más cuenta nos entender a un indio que a Ovidio».9 Que nutría la «convicción de que todo era falso en la vida»10 que viene de Baruch Spinoza –origen de su escepticismo según O’Leary–.11 Escribía a Bolívar desde Guayaquil el 7 de enero de 1826: «Amigo…, así como los tontos sacan a la [virgen de] Copacabana para que llueva o no llueva… atribuyendo efectos que entienden mal a causas que no conocen… El pueblo es tonto… [firmado] Rodríguez».12

– Del ambiente masónico creyente en un «arquitecto del universo» no necesariamente cristiano, del culto al «Ente Supremo» aún antes de Napoleón; que alimentaron el deísmo y un cierto ateismo después de la Revolución.
– Del pensamiento ilustrado liberal y enciclopédico de la época; de Diderot, de Montesquieu, de Voltaire y el de Rousseau influenciado ya por el Romanticismo.

– De interlocutores como Lancaster innovativo pedagogo inglés, Andrés Bello paisano humanista y fino analista, Bentham ateo utilitarista inglés y proyectista de Estados,13 sin olvidar a Francisco de Miranda libre pensador venezolano que presentó a ambos.

9 Alfonso Rumazo González, Simón Rodríguez maestro de América (Caracas: U.S.B. Ed. Armitano, 1976), p. 111.
10 Indalecio Lievano Aguirre, Bolívar (Caracas, 1974, otro 1988), p. 10.
11 El panteísmo de Spinoza –teológicamente ateísta (Maria Lizzio, Appunti sull’Ateismo (Catania: Edigraf, 1968), p. 4)– niega la divina providencia y los milagros como alteración de las leyes de la naturaleza (Tratado teológico político, 1670).
12 Sociedad Bolivariana de Venezuela, Escritos de Simón Rodríguez (Caracas, Imprenta Nacional, 1954), II, p. 358.
13 Sus obras v.g. Tratados de Legislación, fueron consideradas en 1828 por circular
ministerial de Bogotá «opuestas a la religión» [José Gil Fortoul, Historia Constitucional de Venezuela (1907), en Obras Completas (Caracas, Ministerio de Educación, 1954), I, p. 643].

– De botánicos y naturalistas como Bonpland y Humboldt –con veinte años de contactos– quien según Bolívar «ha hecho más bien a la América que todos los conquistadores», que veía el mundo como una evolución, no como una forma creada, la «planicie oval» de Bogotá y la
«graciosa llanura de Cajamarca» eran un «antiguo lecho del lago» transitorio
resultado de milenarios procesos geológicos, «del cretáceo», etc.14

Es evidente que con «la lectura de autores… impíos y la nociva influencia de su maestro el incrédulo Rodríguez, lo natural hubiera sido que perdiese completamente la fe» como acota mi ilustre pariente e historiador15 notando antes que «Bolívar fue demasiado grande para que pudiese empañar su vida la nota de impío o antirreligioso» y que supo muy bien separar la actividad pública de su vida privada.

Bolívar con Manuela Sáenz –según Gil Fortoul16 «erudita y aficionada a buenas letras»– al imaginar el fin de la vida de ambos dentro de un profundo núcleo afectivo, lejos de invocaciones divinas anota solamente «Adorada Manuela… Algún día, cuando nos toque volver a la región de las almas, como yo a las del Monte Ávila, tus restos junto con la gratitud, deberán descansar en estas tierras… Bolívar».17 Como sabemos según Mijares,18 «el orgullo de los caraqueños es su montaña, el Ávila… que desde la capital sueñan con sus cascadas y su fragante boscaje». Ella por su parte en Lima en octubre 1823, reitera al esposo uno de los motivos de la separación, «Al doctor James Thorne:… Ud. anglicano y yo atea, es el más fuerte

14 Ser evolucionista no es ser ateo: Buffon fundamento de la sensibilidad conservacionista de Bolívar [María Begoña Bolinaga, Bolívar Conservacionista (Caracas: Cuadernos Lagoven, Cronotip, 1982), p. 33], que él mismo cita en carta a Santander entre los autores por él estudiados, había ya sugerido cambios en los organismos con el tiempo; algunos Jesuitas antes de 1767 notaron variaciones botánicas regionales en sus Misiones. De otra parte la invención del pararrayos por el físico masón Franklin (1706-1790) evitó fenómenos antes considerados (divinos) no gobernables; reforzando conceptos espinosianos.
15 Vargas, Ideas religiosas del Libertador, pp. 149 y 151.
16 Fortoul, Historia Constitucional de Venezuela, I.
17 Luis Enrique Tord, Simón Bolívar: el tesoro del Libertador (Santiago de Chile, M.A.H.A., 2005), p. 47.
18 Mijares, El Libertador, p. 5.

impedimento… ¿No ve Usted con que formalidad pienso? Manuela Sáenz»19
.Existe otra referencia del ambiente de la pareja con sus amigos –recogida por Camino Calderón en «De cómo le apagaron el farol a Sánchez Carrión»
– cuando Monteagudo «universal, franco y decidido» en abril de 1824
desembarca en Huanchaco acompañando a Manuela Sáenz a Huamachuco. Allí, conversando sobre religión «Sánchez Carrión confesaba ser creyente sincero, Monteagudo se jactaba de ser ateo recalcitrante».20

Bolívar aunque reconoció públicamente el rol preeminente del catolicismo y su función unificadora en la población, respetando los prelados según Vargas;21 su escasez de invocaciones al Altísimo, a Jesús, a María no destila la convicción de ser hijo de Dios, ni sus reivindicaciones vienen de «que derechos se deban a todo hombre en cuanto hijo de Dios».22
Monseñor Bello23 contradice que sea «incrédulo o irreligioso» – basándose en sus Obras Completas– sin embargo agrega «no intento, desde luego, proponerlo como un modelo de vivencia y práctica cristiana». Creemos mas bien como O’Leary que en sus Memorias escribe «A pesar de su escepticismo y de la irreligión consiguiente, creyó siempre necesario conformarse con la religión de sus conciudadanos».24

Bolívar durante su gobierno supo aprovechar con ventaja, las cambiantes posiciones políticas de España frente a la Iglesia, cuando la Revolución liberal triunfó a inicios de 1820, de las Cortes, etc. Pero sus convicciones personales parecen descender mas bien de un no creyente, o de un deísta a lo Voltaire, o a lo Rousseau.

Ante la inminencia de su muerte en diciembre de 1830 no compartimos la opinión –basada en la versión de Revérénd– de su acercamiento a la fe

19 Fortoul, Historia Constitucional de Venezuela, I, p. 484.
20 Si bien ante el peligro de un abismo imploró «Poderoso Dios Sálvame» (Nazario Chávez Aliaga, Cajamarca (Lima, 1958), II, p. 218).
21 Vargas, Ideas religiosas del Libertador, p. 158 y 170.
22 Juan Pérez de Tudela, 1993: 1542 Mundo y España.
23 Pío Bello Ricardo, «Bolívar y la Iglesia», en Anuario de Estudios Bolivarianos 1 (Caracas: Univ. S B. Italgráfica, 1990), p. 44.
24 Vargas, Ideas religiosas del Libertador, p. 152.

«como sucede»25; mas bien creemos que «Bolívar no probaba evidentemente ninguna inclinación personal y profunda de morir en el seno de la Iglesia»26; versión que toma en cuenta la de su sobrino Fernando allí presente. Se lo pidió tres veces el general encargado Montilla y el obispo llamado a pedido de Montilla. Bolívar tomó tiempo, pero viendo los nobles fines que le fueron expuestos, teniendo sólo en consideración el gran impacto moral que una actitud diferente hubiera tenido en la población; al final dio su generoso consentimiento «con una inigualable grandeza de ánimo».27

Apenas cristiano o quizás puramente deísta; impregnado como estaba de la filosofía francesa del siglo XVIII. Contra el dogma católico defendió siempre la libertad de conciencia y la de culto, salvo el paréntesis de reacción dictatorial de 1828… y recomendó que en la Constitución no se reconociese ninguna religión de Estado. Que se confesara a última hora… poco importa, revela solamente o cansancio o suprema indiferencia, u otro impulso de su corazón generoso… no dejar un recuerdo triste… a ningún católico.28
Sin las presiones de su rol Simón Rodríguez –al morir años después– vehementemente replicaría al cura de Amotape «Yo no tengo más religión que la que juré en el Monte Sacro con Bolívar».29
Sobre Bolívar, la Sagrada Congregación de Negocios Eclesiásticos Extraordinarios del Vaticano el 4 agosto de 1829, ya había establecido «que su conducta le había procurado la opinión de liberal y de ateo».30

25 Ibídem, p. 170, y otros.
26 Fortoul, Historia Constitucional de Venezuela, I, pp. 706-707; y después Salvador de Madariaga, Bolívar (Milán: Ed. Dall’Oglio, 1971), pp. 780-781.
27 Esa noche solo le dio la extremaunción el cura indio de Mamatoco aun presente con otros indios [Madariaga, Bolívar, pp. 780-781].
28 Fortoul, Historia Constitucional de Venezuela, I, p. 706.
29 Alfonso Rumazo González, Bolívar en París con Simón Rodríguez, en AA.VV.Bolívar en Francia. Liminar J. L. Salcedo-Bastardo (Caracas: Comité Ejecutivo
del Bicentenario, 1984), p. 198.
30 «che la di lui condotta gli aveva procacciato l’opinione di liberale e di ateo» Sesión
116, Sacra Congregazione di Affari Ecclesiastici Straordinari: Acta encontrada por el jesuita p. Leturia.

Sus convicciones parecen anticipar ideologías reforzadas con Darwin –que estaba en Patagonia en 1832– decisivas para entender la evolución de los vivientes. El ateismo de aquella época fue «un ateísmo intelectualístico y aristocrático que se presentaba como autocrítica del cristianismo»31 si bien «tiene un desarrollo que encuentra su origen en el panteísmo de Spinoza y en el idealismo kantiano».32

El moderno ateísmo humanístico y racional desarrolla conceptos basados en la convicción del origen material no divino, de los fenómenos naturales y vitales de creciente difusión. Posición sustentada por Einstein
–en su última correspondencia– por científicos ingleses (Stephen Hawkings, Sam Harris, Richard Dawkins biólogo evolucionista), italianos (Odifreddi, Margherita Hack) y otros.

Muchas cosas han cambiado desde 1983 –Bicentenario del nacimiento de Simón Bolívar– cuando su santidad el papa Juan Pablo II entablaba sincera amistad con Sandro Pertini presidente ateo de Italia; hoy la sociedad civil y el Vaticano desarrollan iniciativas que valoran la dignidad ética del ateismo racional v.g. las Jornadas de Asís, el Patio de los gentiles de monseñor Ravasi, etc.

Para concluir en primer lugar, podemos dejar la palabra a Bolívar
–según Péru de la Croix en su Diario de Bucaramanga–.

En Caracas o en San Mateo, yo no hubiera podido tener estas ideas que me vinieron en el curso de mis viajes, y en América no hubiera tenido esta experiencia ni realizado este estudio del mundo, de los hombres y de las cosas que tanto me ayudó durante mi carrera política.

En segundo lugar, considerar que el grado de ateísmo que emana de las convicciones del entorno íntimo del Libertador es éticamente incompatible con cualquier otro tipo de exégesis ideológica.

31 Lizzio, Appunti sull’Ateismo, p. 240.
32 Ibídem, p. 4.

Teodoro Hampe: Historiador y educador

Murió destacado historiador y educador, Teodoro Hampe Martínez

Hampe Teodoro

Gran pesar ha causado en los círculos académicos, la muerte del destacado historiador y educador Teodoro Hampe Martínez

Teodoro Hampe Martínez
Lamentable pérdida para el círculo de la educación y la historia del Perú | Fuente: amautacunadehistoria.com | Fotógrafo: Archivo

A los 56 años de edad murió el destacado historiador y educador peruano Teodoro Hampe Martínez, autor y compilador de diversas publicaciones que abordan la historia de nuestro país.

El antropólogo y ex viceministro de interculturalidad, José Carlos Vilcapoma lamentó la partida de Hampe a quien describió como ” Gran historiador y sobre todo (perdonen) mi amigo, entrañable, transparente y leal. Él le puso el título a mi libro Aprender e Investigar. Arte y método del trabajo universitario. Con él viajamos varias veces al Mantaro; descubrimos en Ocopa el incunable de Antonio Ricardo; escribimos el reciente libro Las Cortes de Cádiz, que no alcanzó a ver la luz, entre otros proyectos y reuniones aquí y allá”.

En su blog, José Antonio Benito le dedicó también sentidas palabras: ” Conocí al Dr. Hampe en Salamanca, en 1991, en el II Congreso “Los Dominicos en el Nuevo Mundo”. En la UCSS nos habló del Proyecto monárquico de San Martín y Punchauca. Compartí el programa de TV sobre Santa Rosa en PAX y varios eventos en Arequipa y Lima (…) Otro gran historiador del mundo hispanoamericano, del derecho, de las mentalidades, de la cultura…que se nos fe. Mi oración por el eterno descanso de su alma y mi más sentido pésame a sus familiares y amigos”.

Teodoro Hampe (*)

Teodoro Hampe Martínez es Doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid (1986); profesor ordinario en la Pontificia Universidad Católica del Perú y de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, e invitado en varias otras universidades del Perú y el extranjero. Es miembro de número del Centro de Estudios Histórico-Militares del Perú, del Instituto Ricardo Palma y de la Sociedad Peruana de Estudios Clásicos. Miembro nacional principal del Instituto Panamericano de Geografía e Historia, desde el año 2006 y miembro correspondiente de la Academia Argentina de la Historia, la Casa de la Cultura Ecuatoriana y la Sociedad Chilena de Historia y Geografía. Es autor y compilador de una docena de libros y más de un centenar de artículos, publicados en revistas especializadas de América y Europa

(*) Tomado de semblanza de librosperuanos.com

http://rpp.pe/peru/historia/murio-destacado-historiador-teodoro-hampe-martinez-noticia-936272

La rebelión del Cusco,

Teodoro Hampe Martínez
El verdadero bicentenario de nuestra emancipación.
La rebelión del Cusco, por Teodoro Hampe Martínez

Cusco

Plaza de Armas de Cusco.
Una de las explicaciones habituales para entender el “retraso” en la independencia del Perú se halla en la labor del virrey Fernando de Abascal, quien impidió que se formaran juntas de gobierno en el territorio bajo su mando. No llegó a evitar, sin embargo, que en 1814 se diera el movimiento rebelde del Cusco, liderado por los hermanos José, Vicente y Mariano Angulo, que logró la constitución de una junta presidida por el brigadier Mateo García Pumacahua el 3 de agosto de ese mismo año.

Arequipa, Cusco y Huamanga formaron el eje de una serie de movimientos durante la coyuntura cuyo inicio cabe situar en la gran insurrección de Túpac Amaru, seguida del ciclo convulsivo abierto por el vacío de poder que dejó el traslado forzado de Fernando VII a Francia. Esto permite apuntar la existencia de “un proyecto alternativo al defendido por las autoridades virreinales y las élites limeñas, en demanda de una mayor autonomía frente al centralismo capitalino”, según Núria Sala i Vila.

La rebelión cusqueña estalló por la negativa de las autoridades a aplicar plenamente las provisiones electorales de la Constitución gaditana. Después de que los hermanos Angulo capturaran el poder, el objetivo fue la independencia de la monarquía española y la colaboración con las fuerzas separatistas de Buenos Aires.

Este levantamiento fue el más significativo del temprano siglo XIX, por su envergadura y por involucrar a la ciudad más importante del mundo andino. Estuvo liderado en principio por miembros de la clase media letrada, criolla y mestiza. Pero la adhesión de Pumacahua, cacique de Chinchero, le dio un nuevo carácter étnico. Rápidamente se plegaron los indígenas y se dieron manifestaciones de nacionalismo inca, declarando su intención de crear un imperio autónomo con base en Cusco.

Sin embargo, la radicalización del movimiento por parte de los indígenas y las violentas acciones contra toda clase de explotadores –incluyendo a mestizos y criollos– provocó que la dirigencia se apartara de las bases, y esto originó su colapso antes de la llegada de las tropas enviadas desde Lima. La gran dimensión y articulación multiétnica que alcanzó este evento ha permitido afirmar a ciertos estudiosos que de haber continuado el apoyo de los criollos, lo más probable es que la rebelión de Cusco habría logrado una victoria contra el poder centralista limeño. Jorge Basadre señala que esta rebelión habría desembocado en una república de espectro mucho más popular que la que se dio después de 1821.
Si bien se mira, lo que han celebrado en los últimos años los países vecinos de América Latina es la constitución de juntas de gobierno, que se formaron invocando el principio de soberanía popular y la circunstancia de estar ausente el legítimo rey. No fue una independencia definitiva la que se proclamó en 1809 y siguientes años sino declaraciones de autonomía de carácter municipal.

Ese mismo fenómeno privó en la junta que se estableció en la ciudad de Cusco con la presidencia del cacique Pumacahua. Cusco tenía el mismo rango de sede de audiencia que Lima, pero una visión reduccionista, capitalina, de la historia peruana ha llevado a desconocer la importancia de aquel suceso. Porque aún seguimos “ninguneando” lo andino o serrano, la mayoría de la gente no se ha percatado de que esta efeméride significa realmente el bicentenario de nuestra emancipación y que deberíamos prestarle la más grande atención.

http://elcomercio.pe/opinion/colaboradores/rebelion-cusco-teodoro-hampe-martinez-noticia-1748112

San Miguel y la piuranidad, por Teodoro Hampe Martínez

Sobre las celebraciones por el origen de la ciudad de Piura.
San Miguel y la piuranidad, por Teodoro Hampe Martínez

Teodoro Hampe Martínez
Historiador y educador

Piura

Desde hace varias décadas está en pie una acerba discusión sobre los orígenes históricos de la ciudad de Piura y la fecha exacta de su fundación española, en el siglo XVI. El asunto es de obvia relevancia, al punto de haber involucrado a las autoridades políticas y eclesiásticas de la región, a la comunidad académica y al público en general. La complejidad radica en la inexistencia de pruebas documentales que permitan establecer con certeza ese punto de arranque de la colectividad hispano-peruana.

La cuestión se encendió por 1932, cuando se alistaba la conmemoración del cuarto centenario de la llegada de Francisco Pizarro a las tierras de los incas. Se promulgó entonces la Ley 7517, que decretaba el 15 de julio como fecha de fundación de la primigenia ciudad de San Miguel, a orillas del río Chira. La base de esta norma se halla en los estudios de algunos investigadores locales, que habían establecido la probabilidad de esta fecha sobre las referencias de los cronistas más tempranos. Pero luego aparecieron nuevas evidencias en el Archivo General de Indias, que invitaban a retrasar la fecha de la fundación de San Miguel de Tangarará.

De aquí surgió la convocatoria a un memorable encuentro de académicos, en 1997, que concluyó que aquella ciudad debió haberse instalado entre el 10 y 18 de agosto de 1532, y con relativa probabilidad el 15. Las observaciones surgidas de ese certamen crearon una fuerte corriente de opinión, que ha terminado por mover los festejos de la Semana de la Piuranidad a agosto, teniendo como fecha central el día 15. Pero quizá no sea gratuita la preferencia por esta fecha, pues coincide con la festividad católica de la Virgen de la Asunción, patrona jurada de Piura.

Además, el 15 de agosto coincide con la fundación de la moderna ciudad de San Miguel en el valle del Chilcal, en la cuenca del medio Piura (1588), donde todavía se ubica esta pujante y cálida población, capital de provincia y de región. Sin embargo, tengo la convicción de que no deben desconocerse los antecedentes urbanos de San Miguel de Tangarará, lugar donde comenzó su andadura ese sincretismo tan complejo y rico, nutrido de las vertientes andina e ibérica. Hoy los habitantes del humilde caserío reclaman ante las autoridades de los gobiernos central y regional por la prolongada desatención, la deficiente infraestructura y la falta de servicios básicos, sin haber obtenido siquiera la categoría de distrito.

No han faltado épocas en que la Semana de la Piuranidad se celebraba en octubre, en recuerdo de la heroica inmolación de Miguel Grau Seminario, el hijo más ilustre de esta región. Hecho que nos lleva a comprobar que toda fecha conmemorativa es simbólica y se subordina a circunstancias de orden político, ideológico, cultural o religioso.

En vista de lo señalado, no sería impropio sugerir una fecha alternativa de celebración, que ayude a aglutinar la memoria e identidad de diversas comunidades que albergaron la famosa Ciudad Volante en algún momento del siglo XVI. Esto propendería a evocar debidamente a San Miguel Arcángel, el patrono de la ciudad y del propio Grau. Sugiero, pues, que sería adecuado reconocer el lugar especial que en la historia e identidad regional de Piura corresponde al arcángel guardián del ejército celestial, celebrando como fiesta oficial de esta colectividad el 29 de setiembre, según el santoral de la Iglesia católica.

http://elcomercio.pe/opinion/colaboradores/san-miguel-y-piuranidad-teodoro-hampe-martinez-noticia-1843678