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Percy Acuña Vigil

Pensamiento sobre la ontología de la ciudad

En esta bitácora comparto mis reflexiones y otras informaciones que reflexionan sobre la ciudad como la concreción del juego del poder.

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 Walter Scott. (1771/08/15 – 1832/09/21)

Walter Scott

Escritor escocés. Nació el 15 de agosto de 1771 en Edimburgo (Escocia). Hijo de un abogado. Este hijo de un abogado fue el creador de la identidad escocesa.

Cursó estudios en su ciudad natal. A pesar de la cojera que contrajo por la polio en la infancia, desde 1792 recorrió los más remotos rincones de Escocia y recogió baladas del folklore local, con las que en 1802 publicó la colección «Minstrels of the Scottish Border» y, a partir de 1805, «The lady of the Last Minstrel», una serie de poemas narrativos, aunque ya antes sus traducciones de romances góticos alemanes, en 1796, le dieron reputación como traductor.

Su primer poema extenso, El canto del último juglar (1805), consiguió un notable éxito, después escribió una serie de poemas narrativos románticos, de la que forman parte Marmion (1808), La dama del lago (1810), Rokeby (1813) y El señor de las islas (1815).

En 1813 fue propuesto como poeta laureado de Inglaterra, pero no aceptó el ofrecimiento. También realizó también ediciones de poetas ingleses, como la de los escritos de John Dryden, en 1808, y en 1814 las de Jonathan Swift. Considerado como el iniciador de la novela histórica, su obra Waverley (1814) obtuvo un inmediato reconocimiento por parte de la crítica y el público.

Posteriormente publica novelas históricas como Guy Mannering (1815), El viejo Mortalidad (1816), El corazón de Midlothian (1818), Rob Roy (1818), La novia de Lamermoor (1819), Ivanhoe (1820), Kenilworth (1821), Quentin Durward (1823) y La muchacha de Perth (1828). Con los beneficios por la venta de sus obras, mandó construir una enorme propiedad en Escocia, bautizada Abbotsford, de la cual en 1820 fue nombrado barón.

Walter Scott v2

Asociado a la firma de impresores de James Ballantyne y a la editorial de Archibald Constable, que sucumbieron a la crisis económica de 1826, rechazó ampararse en la bancarrota, y pagó durante el resto de su vida una deuda de más de 120.000 libras esterlinas. En 1827 completó el poema épico Vida de Napoleón Bonaparte.

Su novela histórica nace además como expresión artística del nacionalismo propio de los románticos y de su nostalgia ante los cambios brutales en las costumbres y los valores que impone la transformación burguesa del mundo. El pasado se configura así para él como una especie de refugio o evasión, también de lugar para desarrollar la imaginación.

Fue alabado de inmediato por los más grandes, como Goethe y Manzoni. Influyó en muchos de los escritores del siglo XIX y no sólo por los novelistas históricos (así lo reconocía Balzac). Más tarde, alguien tan elogiado hoy como Robert Louis Stevenson fue un gran admirador y seguidor de ese otro novelista escocés.5

Scott fue el responsable de dos de las principales tendencias que se han prolongado hasta hoy. Primero, básicamente él inventó la novela histórica moderna; y un enorme número de imitadores (e imitadores de imitadores) aparecieron en el siglo XIX. En segundo lugar, sus novelas escocesas continuaron la labor del ciclo de Ossian, de James Macpherson, para rehabilitar ante la opinión pública la cultura de las Tierras Altas Escocesas, después de permanecer en las sombras durante años, debido a la desconfianza sureña hacia los bandidos de las colinas y las rebeliones jacobitas. Como entusiasta presidente de la Celtic Society of Edinburgh contribuyó a la reinvención de la cultura escocesa.

Debe señalarse, sin embargo, que Scott era un escocés de las Tierras Bajas, y que sus recreaciones de las Tierras Altas eran un poco extravagantes. Su organización de la visita del rey Jorge IV a Escocia en 1822 fue un acontecimiento crucial, llevando a los sastres escoceses a inventar muchos tartanes de los diversos clanes.

Pero, tras ser uno de los novelistas más populares del siglo XIX, Scott tuvo un fuerte declive en su popularidad después de la Primera Guerra Mundial. Edward Morgan Forster marcó el camino crítico en su clásico Aspects of the Novel (1927), donde fue atacado como un escritor trivial, que escribía novelas pesadas y carentes de pasión (aunque reconocía que “sabía contar una historia; poseía esa facultad primitiva de mantener al lector en suspense y jugar con su curiosidad”).6

Scott también sufrió al crecer el aprecio por escritores del Realismo, como sucedió con Jane Austen. En el siglo XIX se la consideraba una entretenida «novelista para mujeres»; pero en el siglo XX se revalorizó su obra, comenzando a ser considerada como quizá la mejor escritora inglesa de las primeras décadas del siglo XIX. Al alzarse la estrella de Jane Austen, declinó la de Scott, aunque, paradójicamente, había sido uno de los pocos escritores masculinos de su tiempo que reconocieron su genio. Pero Virginia Woolf, defensora de Jane Austen, decía que “los verdaderos románticos pueden trasportarnos de la tierra a los cielos, y Scott, gran maestro de la novela romántica, utiliza plenamente esa libertad”, pese a sus convenciones o su pereza.7

Ciertos defectos de Scott (historicismo, prolijidad) no encajaban con la sensibilidad modernista, que no supo apreciar su ironía y sus jugosas descripciones. No obstante, Georg Lukács, en su excelente La novela histórica (1955), escribió páginas muy matizadas sobre el talento épico de Walter Scott y su superación del romanticismo al elevar las tradiciones con ciertos héroes demoníacos.8

Ahora bien, tras haber sido ignorado durante décadas por los especialistas (pero leído en centenares de ediciones hasta hoy), empezó un rebrote de interés por su trabajo en las décadas de 1970 y 1980. Curiosamente, el gusto postmoderno (que favorece las narrativas discontinuas, y la introducción de la primera persona en obras de ficción) eran más favorables para la obra de Scott que los gustos modernistas. A pesar de sus artificios, Scott es considerado ahora como un innovador importante, y una figura clave en el desarrollo de la literatura escocesa y mundial, dada la fuerza de su escritura. El rebrote de la novela histórica, hoy, ha hecho regresar a los grandes maestros.

Es una medida de la influencia de Scott que la estación central de Edimburgo, abierta en 1854 para el ferrocarril británico del Norte, se llame «estación Waverley». Scott fue también responsable, a través de una serie de cartas seudónimas publicadas en el Edinburgh Weekly News en 1826, de que los bancos escoceses conservaran su derecho a emitir billetes de banco propios, lo que se conmemora hoy en día al aparecer el escritor en todos los billetes emitidos por el Banco de Escocia.

Muchas de sus obras fueron ilustradas por su amigo William Allan.

Sir Walter Scott: La creación de la identidad escocesa:

Todo la historia de la inclusión de Escocia quedaba ya lejos en 1814, cuando Scott, que era un poeta romántico reconocido en Escocia, publicó Waverley. El Romanticismo estaba en su apogeo y la novela tenía todos los elementos para gustar, causa perdida, héroe desafortunado… no solo tuvo éxito en su país, sino que se convirtió en el libro de moda en Inglaterra y alguien se la recomendó al príncipe regente. El futuro Jorge IV era lo que los ingleses llamaban un snob, “estar a la última” era para él más importante que cualquier sesuda cuestión política, y se entusiasmó tanto con la novela que quiso conocer a su anónimo autor.

Walter Scott v4

Cuando Walter Scott acudió a cenar en palacio, su anfitrión quedó fascinado por la Escocia de leyenda heroica que fabulaba el escritor y se dejó convencer por sus cantos de sirena: él era el último de los Estuardos, un auténtico highlander, la reencarnación de Bonnie Prince Charlie. Para una persona tan preocupada por su aspecto físico como Jorge, rechoncho y de rasgos poco finos, la comparación con un ideal de belleza y garbo como había sido Bonnie Prince fue irresistible. Jorge se echó en brazos de Scott.

Poco después subió al trono como Jorge IV y decidió hacer el viaje de Estado más trascendental que hubiera afrontado la dinastía reinante. Por primera vez en casi dos siglos, el rey iría a conocer su reino del Norte, la olvidada Escocia. Iba a ser la actuación política más importante de su reinado, y sorprendentemente –o no tanto, conociendo su caprichoso carácter– Jorge la dejó en manos de Walter Scott, al que ya había ennoblecido con el título de baronet. La circunstancia sería ciertamente única: un escritor iba a tener oportunidad de trasladar a la realidad las creaciones de su imaginación. Walter Scott iba a inventarse Escocia.

Dos Escocias.

En realidad, desde la Edad Media existían dos Escocias. Los romanos, tras conquistar Britania, despreciaron ocupar y colonizar la parte norte de la isla, de terreno agreste y tribus muy belicosas. Adriano hizo construir un muro que, literalmente, partía Gran Bretaña en dos, condenando a Escocia al ostracismo. Fuera de la civilización romana, ese país conservó la organización tribal de los primitivos celtas, el sistema de clanes en perpetua guerra entre sí. Pero desde finales de la Edad Media, en las Tierras Bajas de la parte Sur y la costa Este, el contacto con Inglaterra y Francia propició la creación de un reino y una sociedad feudal equiparables a los del resto de Europa.

Walter Scott v3

Las Tierras Bajas entraron en una era de prosperidad económica tras la unión con Inglaterra establecida por el Act of Union de 1707, y su capital, Edimburgo, se convirtió en el siglo XVIII en uno de los focos de la Ilustración, en sintonía con París y Londres. Esa ciudad moderna y cosmopolita sería convertida en un parque temático highlander por Walter Scott.

El escritor asoció en la organización de la real visita a un profesional del espectáculo, el empresario teatral y actor William Henry Murray, amigo y fan de Walter Scott que había llevado a la escena sus novelas, el cual crearía deslumbrantes escenografías para los actos oficiales.

Murray no fue el único en colaborar. En realidad Walter Scott era un producto de la sociedad ilustrada de Edimburgo, donde desde finales del siglo XVIII se había desarrollado el movimiento romántico. Uno de los prolegómenos del Romanticismo europeo es, precisamente, la obra de James MacPherson Cantos de Ossian, que tanto influyó en Goethe. Los Cantos estaban inspirados en leyendas célticas –MacPherson escribió que eran la traducción de un antiguo texto gaélico– y fueron el alimento cultural de Walter Scott en su juventud, la inspiración de sus novelas. También pusieron de moda lo highlander entre las clases altas, y se dio una tremenda paradoja: los nobles poseedores de vastas extensiones en las Tierras Altas practicaban una feroz política de desahucio y expulsión de sus habitantes highlanders, que se veían obligados a emigrar, y a la vez eran los primeros defensores de la vieja cultura en sus clubes de Edimburgo.

Sociedades nostálgicas.

Así fueron apareciendo desde finales del XVIII distintas sociedades, aristocráticas o burguesas, que evocaban el pasado cultural o pretendían recuperar el traje escocés, antaño prohibido, y que contribuirían con entusiasmo en el espectáculo para el rey Jorge IV –algunas incluso le disputaron a Walter Scott su organización–. El general David Stewart of Garth, que era una autoridad en cultura e indumentaria highlander, entrenó militarmente a miembros de la Royal Celtic Society, fundada por él y de la que era socio Scott, para que desfilasen como auténticos y fieros guerreros highlanders ante Jorge IV.

Walter Scott, que era también editor y poseía una imprenta, aprovechó para hacer negocio publicando un librito al precio de un chelín, en donde venía un programa de festejos con detalladas instrucciones para la población sobre cómo debían participar en ellos. La culminación era el gran baile de gala que la nobleza escocesa ofrecería al monarca, denominado por Scott Highland Ball, en el cual “no se permitiría a ningún caballero aparecer vestido de otra forma que en el antiguo traje highlander”.

La necesidad de vestirse de esta forma se convirtió en una fiebre, se supo que el rey había encargado a la prestigiosa sastrería George Hunter & Co, con establecimientos en Edimburgo y Londres, un equipamiento highlander completo, cuya factura de 1.354 libras era una fortuna en la época, y gente que jamás había tenido que ver nada con las Tierras Altas intentaba conseguir kilts y sporrans (faldas y faltriqueras) como fuera. Los sastres no daban abasto y hubo que recurrir al regimiento de Sutherland Highlanders (ver recuadro) para que prestara sus indumentarias a la población civil.

Jorge IV quedó impresionado por lo que halló en Edimburgo, nunca había encontrado una ciudad tan volcada en darle un espectáculo, y surgió una empatía, un mutuo entusiasmo entre sus habitantes y el rey. En una ocasión tuvo que besar a 457 damas escocesas, en otra recibió una ovación de 15 minutos bajo una fuerte lluvia que le empapó a él y a la multitud. Parecía realmente que hubiera llegado la reencarnación de Bonnie Prince Charlie, y Jorge incluso realizó una visita-homenaje al palacio donde había vivido María Estuardo, la reina escocesa a la que le cortó la cabeza una reina inglesa. Aquel viaje sería la luna de miel de una larga relación amorosa entre la monarquía británica y la Escocia inventada por un escritor romántico.

Walter Scott falleció el 21 de septiembre de 1832 en Abboostford. Todas sus deudas quedaron saldadas, a través de la venta de los derechos de autor de sus obras, en el año 1847.


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