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La Posmodernidad: según Jean-François Lyotard

La «Postmodernidad» según Jean-François Lyotard

Reseña sobre La condición postmoderna 1

Para el neófito que se aproxima a la críptica obra de Lyotard de que es objeto esta reseña, un título como: «What about the Postmodern? The Concept of the Postmodern in the Work of Lyotard»2, resulta claramente esperanzador. Sin embargo, las palabras con que tal artículo concluye resultan tan reveladoras como poco halagüeñas: «The complexity and inconclusiveness of the postmodern must subtend any attempt at providing a satisfactory answer to the question: what is the postmodern in the work of Lyotard?» Procuraré, a pesar de ellas, siquiera apuntar lo prometido desde el título de este trabajo.

La condición posmoderna | Jean-François Lyotard

En las primeras líneas de su capítulo introductorio Lyotard identifica el objeto de su estudio: la condición postmoderna, esto es, «la condición del saber en las sociedades más desarrolladas [y que] designa el estado de la cultura después de las transformaciones que han afectado a las reglas de juego de la ciencia, de la literatura y de las artes a partir del siglo XIX» (p.4). El «saber» y, en especial, sus «formas de legitimación» son el tema central del estudio de Lyotard; unas formas de legitimación que durante la Modernidad se sustentaron sobre unos «grandes relatos unificadores», de carácter ideológico y teleológico, que entraron en crisis a mediados del siglo XX y que ya no tienen vigencia. Porque lo que es verdadero o falso, justo o injusto viene dado por unos criterios que deben legitimarse. Esta es la tesis de Lyotard: la Postmodernidad comienza en el momento en que esos grandes relatos unificadores o «metarrelatos» (la idea ilustrada de emancipación, las diferentes tendencias políticas y filosóficas, etc.) pierden vigencia, pierden su carácter legitimador, dando paso a otras formas de legitimación basadas en principios diferentes.

El concepto de metarrelato en Lyotard parece aunar las ideas de «justificación» y «guía». El metarrelato justifica (legitima) el saber por sí mismo (y todo lo que de él se deriva), y lo encauza en una dirección determinada: unificada, uniforme, única. El metarrelato es la «regla del juego», al más puro estilo de la filosofía de Wittgenstein; el que decide «qué es saber» y «lo que conviene saber». Por un lado los metarrelatos serían, de alguna forma, una idea abstracta omnicomprensiva de la experiencia histórica del conocimiento; por otro serían teorías y filosofías a gran escala: como el progreso de la historia, la posibilidad de conocerlo todo por medio de la ciencia, o la creencia de que es posible la libertad absoluta. En definitiva, los metarrelatos representarían el viejo apoyo de la Modernidad sobre la verdad trascendental y universal que, según Lyotard, ya no puede contener la realidad del mundo actual.

Para Lyotard existían en la Modernidad dos grandes versiones del relato legitimador: la emancipatoria y la especulativa, «una más política, otra más filosófica, ambas de gran importancia en la historia moderna, en particular en la del saber y sus instituciones» (p.29). La primera se corresponde con la idea ilustrada de que la ciencia y la educación pueden conseguir que el individuo se emancipe de todo aquello que lo oprime o impide que se autogobierne. Este relato (también lo llama «de las libertades») obtiene su legitimación del pueblo, que es quien habilita las reglas del juego a las que se somete. Su órbita sería la del concepto de «justicia», y Lyotard le asocia los enunciados puramente «prescriptivos». Esto en oposición a los «denotativos», característicos del modelo especulativo, cuya órbita, a su vez, sería la del concepto de «verdad». Este relato, que nace de la aparente necesidad de autolegitimación del saber científico, propone que el saber tiene su fin en sí mismo; su objetivo es el saber por el saber, sin encontrarse supeditado a ningún otro elemento externo. Ambos relatos legitiman tanto la ciencia como los «lazos sociales»: la primera, en la esfera de la «verdad» emite enunciados denotativos (verdadero / falso) que son utilizados para realizar prescripciones en el ámbito de la «justicia» (justo / injusto) que faciliten la consecución de la libertad del individuo.

Pero estos dos modelos de legitimación presentan algunos problemas: el emancipatorio, de competencia y de pertinencia (el pueblo no tiene la libertad real de elegir quién sea el promotor de su libertad, el que dicte los enunciados prescriptivos); el especulativo, en tanto que se autolegitima, incurre en la tautología: sus juegos de lenguaje «sólo pueden ser verdaderos si y sólo si hacen referencia al mismo relato que los legitima»3. Así, según Lyotard, los grandes relatos legitimatorios contenían en sí mismos el germen de su deslegitimación; de alguna manera, su pérdida de vigencia se encontraba prediseñada desde los orígenes: la Postmodernidad es inherente a la Modernidad; sólo era cuestión de tiempo que la primera se revelara: cuando, ya se ha dicho, entrara en decadencia la credibilidad en la potencia unificadora y legitimadora de los grandes relatos. Esta se produce efectivamente a mediados del siglo XX, ya sea por el avance de las tecnologías tras la Segunda Guerra Mundial, ya sea por el redespliegue del capitalismo liberal bajo el ala del keynesianismo. A Lyotard no parece preocuparle tanto la causa concreta del advenimiento de la Postmodernidad como su estado germinal en la propia Modernidad superada y su progresivo desarrollo según se afianzaba el modelo perspectivista nietzscheano. Lo realmente importante (y evidente) para él es que el tiempo de los grandes relatos ha concluido, y que resulta insostenible en la contemporaneidad cualquier relato unificador, único. La pretendida homogeneidad de la Modernidad (su error intrínseco) ha dejado paso a la esencial heterogeneidad de la Postmodernidad.

Según Lyotard, los viejos criterios de legitimación han caducado. Las preguntas por «lo justo» y «lo verdadero» han devenido en un criterio performativo: «¿Para qué sirve?». Por otro lado, la ciencia actual admite teorías en primera instancia contrapuestas entre sí (modelos einsteiniano y cuántico), así como un principio que por sí solo pondría en evidencia los metarrelatos modernos: el de incertidumbre de Heisenberg, por lo que junto al performativo existiría un criterio «paralógico». Así la Postmodernidad, según Lyotard, sería la etapa de la cultura de la humanidad caracterizada por la caída en descrédito de los grandes relatos legitimadores de la emancipación y de la especulación, en favor de unos criterios no homogéneos, no unificadores, como el performativo y el paralógico. En tanto que, por definición, el metarrelato no puede ser no homogéneo o no unificador, lo dicho vale tanto como definir la Postmodernidad como una etapa carente de metarrelatos.

Falta por declarar si la Postmodernidad existe o no, siempre según Lyotard, como época histórica; si la ruptura con la Modernidad es de la misma entidad que definió a esta última. En primera opción parecería que sí: la Postmodernidad sería la época de la ausencia de grandes relatos legitimadores, o la del advenimiento de los problemas de legitimación. Sin embargo, en tanto que la Postmodernidad siempre ha estado contenida en germen dentro de la Modernidad, ¿no sería la primera una fase de la segunda? O, rizando más el rizo, ¿no podría ser la Modernidad un estadio primigenio de la Postmodernidad? Aunque el texto estudiado parece concluir que realmente vivimos una época postmoderna, el propio Lyotard, a lo largo de los años ha ido revisitando periódicamente su posicionamiento, dando bandazos de una a otra posición: de la reivindicación de la Postmodernidad a su rematización como modo de la Modernidad. No es extraño, así, que el artículo que citábamos al principio concluya de forma tan ambigua. Quizá no pueda ser de otra forma, en tanto que se trata de identificar aquello en lo que se está sumido. Puede que sólo la perspectiva histórica consiga ofrecer una respuesta certera sobre la cuestión. Pero esta esperanza, la confianza en el perspectivismo histórico, no parece condecir en absoluto con la condición postmoderna. ¿Cómo definir efectivamente la Postmodernidad desde ella misma? Si lo hiciera, ¿no se estaría al tiempo deslegitimando? Aun a riesgo de incurrir en la rendición, quizá la pregunta por la Postmodernidad sea irresoluble —y, en consecuencia, muy postmoderna.

1 Jean-François Lyotard. La condición postmoderna. Informe sobre el saber. Madrid, Cátedra, 1987. Manejamos una versión online obtenida de http://es.scribd.com/doc/49028274/la-condicion-posmoderna-Lyotard

2 Niels Brügger. Yale French Studies. Yale University Press, No. 99 (Jean-Francois Lyotard: Time and Judgment), 2001, pp. 77 -92. http://www.jstor.org/stable/2903244

3 Díaz, R. “Kafka como predecesor de la posmodernidad”, Prometheus, Nº26, p.16.

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El marketing urbano

Aprendiendo de Barcelona

Norberto Chavez

Las paradojas del marketing urbano: protagonismo mediático y despersonalización. Una advertencia a las ciudades latinoamericanas

1. PRESENTACIÓN

Mi formación en Arquitectura y Comunicación

Mi especialidad profesional en identificación y comunicación institucional

Mi participación en la identificación, conceptualización y comunicación de proyectos urbanos; siendo los últimos:

– el Centro Internacional de Convenciones de Bogotá, piedra clave de la nueva imagen de la ciudad

– el proyecto para el litoral marítimo de Panamá, infraestructura clave de su crecimiento urbano hacia la zona del canal.

Además vengo siguiendo de cerca el trabajo de mis colegas del Plan de la Costa del municipio de Quilmes.

Y mi vocación por el análisis de la evolución de los cascos antiguos de las ciudades: los procesos de cambio urbano. Los he habitado o visitado cotidianamente con la actitud de un auténtico flâneur. Y llevo varias ciudades sobre mis espaldas: el barrio de San Telmo en Buenos Aires. Ciudad Vieja en Montevideo. Habana Vieja. El Centro Histórico de Puebla. El recinto amurallado de Cartagena de Indias. El barrio de Santa Cruz en Sevilla. Oviedo Viejo. El casco histórico de Santiago de Compostela. Y, desde ya, el Casco Antiguo de Barcelona, donde vivo desde hace treinta y seis años, exactamente desde que accede al gobierno municipal su primer alcalde democrático, Narcís Serra.

¿Por qué los cascos históricos? Pues porque son las áreas más densas culturalmente y las más frágiles ante los procesos de modernización. Pues las intervenciones se enfrentan a una variable ausente en otras áreas: la variable patrimonial.

No hablaré, de todos modos, desde ninguna disciplina en particular; pero, si fuera necesario inscribir mi discurso en un género, diré que miro a la ciudad desde una sociología crítica.

2. EL TEMA

Desde hace ya tres décadas vengo observando y analizando los cambios urbanos derivados de la progresiva instauración de la sociedad de los flujos. O sea, de la masa, cuya conducta específica es el consumo.

El Casco Antiguo de Barcelona es un deslumbrante escaparate de esa mutación. Una mutación que es tendencia sistémica pero que, en Barcelona, fue acelerada por un programa específico, cuya efeméride es de dominio público: 1992.

El título, claramente paródico, que le he puesto a esta charla intenta adelantar la naturaleza paradójica del operativo municipal, autoidentificado como “marketing urbano”.

Un operativo que rentabilizó el Casco Antiguo y sus atractivos urbano-arquitectónicos, transformándolo en una parodia de sí mismo para consumo de la curiosidad de masas.

Iniciaré, entonces, mi discurso con un esquema del proceso barcelonés de mutación urbana, para extraer de él algunas enseñanzas.

Caso especialmente interesante por tres razones: fue una experiencia en cierto sentido pionera y, por lo tanto, careció de oposiciones significativas pues se desconocían sus ulterioridades.

Construyó un “modelo exportable”, oficialmente asumido como tal…

Y su difusión y promoción oficial se realizó básicamente en las ciudades latinoamericanas. (Ignoro si Toni Puig ha pasado ya por Porto Alegre, pero no me extrañaría).

Finalizaré mi exposición con la propuesta de algunas alternativas a aquel modelo, con la esperanza de que los proyectos latinoamericanos no caigan en los mismos errores. Espero, con ellas, no incurrir en la utopía; aunque vale la pena correr el riesgo.

3. LA BARCELONA OLÍMPICA

El operativo de “puesta en valor” de Barcelona, abordado en los años 80, asumió explícitamente la estrategia del “marketing urbano”: “vender ciudad”.

Aquella puesta en valor requería un operativo de gran escala que movilizara las fuerzas económicas, políticas y sociales a fin de factibilizarlo. El Ayuntamiento sólo podría liderarlo con un proyecto convincente. Y lo hizo.

Habría que crear un programa de actuaciones múltiples que poseyera una fuerza mediática enorme para convocar a aquellos socios: y el eje de ese programa, el disparador, fue la “Barcelona Olímpica”: ganar la candidatura de los Juegos del ’92.

En torno a este hecho mediático, se orquestó una serie de actuaciones articuladas por aquella consigna:

– Puesta al día de las infraestructuras: transporte, servicios, saneamiento.

– Recuperación del patrimonio arquitectónico: restauración y reciclaje de piezas fuera de uso.

– Ampliación del espacio público con la apertura de nuevas áreas: parques y plazas.

– Mejoras en los equipamientos sociales.

Una indudable “puesta en valor” de la ciudad como cuerpo de la sociedad urbana.

Estas actuaciones fueron acompañadas por un programa ya no dirigido a la ciudadanía sino al flujo comercial:

– Intervenciones urbanísticas de gran escala y espectacularidad: la Villa Olímpica y el Port Vell como operativo de transformación de un área industrial y portuaria degradada en espacio de confluencia de masas abierto al mar.

– Intervenciones arquitectónicas espectaculares: proliferación de “edificios singulares” diseñados por marcas profesionales internacionales: CALATRAVA, MEYER, GEHRI, ISOSAKI, FOSTER, PIÑON-VIAPLANA, MIRALLES, NOVELL.

– Construcción de infraestructuras “olímpicas” también a cargo de primeras figuras de la arquitectura.

– Acondicionamiento del suelo urbano que incrementara la accesibilidad, especialmente al Casco Antiguo y su intrincada trama de callejuelas: peatonización, eliminación de adoquinados, eliminación de escalones, etc.

– Proliferación de autorizaciones para la apertura de hoteles en el propio Casco Antiguo, capitalizando la espectacularidad de sus palacios y edificios históricos.

En todas estas intervenciones, a sola excepción de las restauraciones, se le dio un protagonismo absoluto al Diseño: Barcelona se presentaba al mundo como una “ciudad-de-diseño”, en todos los sentidos de la expresión.

Estas intervenciones físicas sobre el cuerpo urbano fueron acompañadas por un programa intensivo de festejos: acontecimientos de masas continuados que mantuvieron a la ciudad en permanente estado de excitación y convocatoria de público.

Un operativo de intervenciones físicas y no físicas con un objetivo claramente mediático: Barcelona apareció, de la noche a la mañana, en todos los medios mundiales. Una eclosión internacional exitosísima.

Visto el éxito, y perdida la candidatura de Capital Cultural en el 2004, la misma administración de gobierno crea otro operativo mediático: “Barcelona 2004. Forum Universal de las Culturas”. Esta vez con mucho menos éxito y enormes déficits.

Cambiado recientemente el gobierno municipal, la inercia de esta política no se ha interrumpido; ahora exacerbada por la crisis.

2. “OBJETIVO DE TODOS”

El impacto más espectacular de aquel operativo se observó en el Casco Antiguo; no sólo porque en él se realizaron muchas de las intervenciones sino porque mutó, en pocos años, de barrio de vecinos con claro predominio popular, a zona de servicios al turismo.

Un caso paradigmático de esta mutación son los dos principales mercados de la zona: el de la Boquería y el de Santa Caterina, este último con una intervención del arquitecto Miralles que lo transformó de humilde mercado de barrio en espectáculo arquitectónico: Santa Caterina figura en los itinerarios turísticos junto a la Sagrada Familia.

Todas las medidas tomadas tuvieron un objetivo troncal: el aumento del flujo de público articulado directamente con el flujo de fondos de inversión.

Una flamante regidora de urbanismo, al tomar posesión, comenzó analizando las autorizaciones de apertura de hoteles detectando anomalías y difundiéndolas: dimitió inmediatamente después de recibir una amenaza de muerte.

Ese flujo es el autor sociológico del recambio del sistema de actividades del barrio:

– desaparición acelerada de las tiendas de servicio al barrio, sustituidas por cadenas de consumo de abalorios y gastronomía temática: tapas, sangría, paella (“delicias” raramente consumidas por los locales).

– incremento del ruido urbano, la masificación de los comportamientos y el incivismo. El Ayuntamiento alarmado lanzó una “Campaña por el civismo” que duró un suspiro. La masa no es civilizable.

El Casco Antiguo de Barcelona es hoy una combinación de parque temático y duty free shop. Un espacio globalizado, donde la auténtica vida barrial se refugia en pequeñas grietas, alejadas de los cauces del tráfago de masas.

El Ayuntamiento publicitaba su gestión con consignas triunfalistas y demagógicas:

–       Barcelona, ponte guapa

–       Ven al mercado, reina

–       Barcelona, una ciudad en transformación

–       Barcelona, la mejor tienda del mundo

–       Me agrada vivir en la Ciudad Vieja

Pero los vecinos contestan:

–       Basta de ruido

–       Aquí vive gente

–       Queremos dormir

–       Queremos un barrio digno

El operativo tuvo una consigna oficial claramente hegemónica: “Barcelona ’93, objetivo de todos”, pero sus resultados beneficiaron principalmente a grandes inversores.

Este Encuentro de Mercociudades lleva la comprometida consigna de “ciudadanía e identidad”. El modelo Barcelona es un ejemplo del rechazo de la ciudadanía y la pérdida de la identidad.

El libro de Toni Puig, “Marca-ciudad”, lleva un subtítulo que roza el sarcasmo: “Cómo rediseñarla para asegurar un futuro espléndido para todos”.

Las indudables mejoras en beneficio de los ciudadanos fueron superadas y contrarrestadas por un franco deterioro de la calidad de vida generado por la transformación de la ciudad en área de flujo anónimo.

5. LAS ENSEÑANZAS

La primera enseñanza es evidente: parece ser que cuanto más grande es el operativo urbano, más depende de su poder mediático y más y mayores serán las fuerzas a activar para garantizarlo.

Esas fuerzas, aparentemente confluyentes, son contradictorias: apuntan en distintas direcciones y con distinta intensidad.

Aquel “objetivo de todos” fue una consigna engañosa, populista, que fingía una falsa unidad de intereses y expectativas que, en toda gran ciudad, son inevitablemente heterogéneos e incluso antagónicos.

El objetivo real y, obviamente oculto, ha sido la acumulación de poder político mediante el liderazgo de operativos mediáticos en alianza con el poder financiero.

La segunda enseñanza se deriva de la primera. Ausente un real proyecto de interés urbano transversal y estratégico, el equilibrio entre la supuesta hegemonía del poder planificador y los intereses financieros es efímero y se decanta rápidamente a favor de estos últimos.

Ausente un dispositivo de blindaje de un objetivo de auténtica mejora de la ciudad, o sea de la calidad de vida de sus habitantes, aquel sistema de fuerzas tendrá una resultante contigua a la fuerza mayor.

La tercera enseñanza: una sociedad urbana despolitizada, que adscribe al consumo y al falso progreso, es fácilmente captable para los proyectos del poder o, al menos, carece de capacidad para detectar el real sentido de esos proyectos y contestarlos.

Esa sociedad desarmada materializa lo que Baudrillard llama “hegemonización” como concepto opuesto al de “dominación”: la masa se identifica con el poder.

En ese escenario, los grupos sociales, en sentido estricto, ocupan sólo espacios marginales y su protesta o propuesta alternativa no llega a oídos de los que mandan.

Una cuarta y última conclusión nos dice que ante todo proyecto de desarrollo urbano resulta absolutamente indispensable sacar a la luz sus reales objetivos, antes que los destellos de sus vidrios de colores, cantos de sirenas y promesas de felicidad impidan verlos.

El Modelo Barcelona nos plantea dos interrogantes, uno particular y otro general:

1.    ¿Los resultado de aquel Plan eran los buscados (se hayan o no declarado); o el Plan “se les fue de las manos”?

  1. ¿En estos proyectos de relanzamiento urbano, otro modelo es posible? ¿Es inevitable caer en una concepción fatalista del poder del mercado en imponerle a la vida social, o sea a la cultura, las condiciones del beneficio financiero, o sea del flujo?

6. EL LUGAR DE LA PLANEACIÓN

La alternativa de fondo es, entonces: proyectar desde los objetivos de alguna de aquellas fuerzas y seducir a las demás con promesas de progreso, o lograr un plan transversal, “ecuménico”.

Un desarrollo auténticamente estratégico sólo puede ser transversal, o sea, compatibilizador de los intereses contradictorios de cara a un resultado aceptable por todos y con mínimos efectos negativos.

O sea, el plan no es un punto de partida sino el resultado de un estudio del campo de fuerzas y una previsión de su evolución.

De allí que la socorrida “participación social” debe dejar de ser una pura declaración demagógica para transformarse en efectiva dinámica de sustanciación de los planes.

Pero tal participación, aún efectiva, no es suficiente. Es la base del planeamiento pero no lo sustituye. Un plan transversal no surge de ninguno de los actores sociales, pero tampoco de su mera sumatoria.

La hegemonización del desarrollo no se supera mediante el “asambleísmo”; pues existe una probabilidad muy alta de que todos estemos equivocados, o sea, que ninguno posea visión de largo plazo.

Esta dificultad se agrava en una época de hegemonía sistémica en que el rédito inmediato se generaliza al conjunto de la sociedad y la estrategia desaparece.

El plan ha de surgir de un lugar que permita ver más allá de los intereses inmediatos, prevea efectos secundarios y consiga neutralizarlos.

El planificador debe pasar de desarrollador pasivo de la tendencia hegemónica en la sociedad de masas a compatibilizador de las fuerzas contradictorias con una visión estratégica.

Lo anterior es dificilísimo, pues le exige al actor técnico despojarse de cosmovisiones sectoriales cuya aparente universalidad oculta matrices ideológicas derivadas del modelo hegemónico.

El planeamiento sin aquella base social se transforma no más que una de aquellas fuerzas: la de la tecnocracia, que opera en función de unos “factores técnicos”, supuestamente objetivos, que no son sino derivaciones de plataformas ideológicas y culturales no declaradas.

La habilitación del sujeto planificador deriva, en cambio, de su capacidad de desclasamiento.

7. AMÉRICA LATINA

América Latina, aún con dificultades serias, atraviesa una etapa caracterizada por la dinamización de su desarrollo socio-económico, con claros rasgos diferenciales respecto de otras regiones emergentes como, por ejemplo, Lejano Oriente.

Uno de los ámbitos de esa dinamización son los proyectos de desarrollo urbano y territorial, de los cuales estos encuentros son una prueba: crecimiento, puesta en valor, refuncionalización, resignificación de zonas clave, etc.

Estos programas aparecen en el momento en que el propio concepto de desarrollo comienza a ser sometido a discusión bajo el imperativo de la sostenibilidad. Y al “crecimiento”, otrora ilimitado, se opone un desarrollo ya no cuantitativo sino cualitativo.

Sobre estos proyectos opera la presión de los modelos sistémicos internacionales: mercantilización real y simbólica del espacio público, absorción de la sociedad urbana por el mercado de consumo masivo y la dinámica de los flujos, etc.

Tendencias sistémicas difíciles de revertir en una sociedad globalizada, mundialmente interdependiente. América Latina está ante el reto de una difícil autonomía.

Aquella presión genera riesgos de distorsión de los proyectos: pérdida de control de sus efectos por imprevisión de los mismos o por debilidad del poder de negociación.

He partido del Modelo Barcelona precisamente para ilustrar un clarísimo fracaso de la sostenibilidad, que debe concebirse no sólo como medio-ambiental sino también como sostenibilidad socio-cultural.

Estos riesgos reinstauran la responsabilidad de lo público en la función de compatibilizar los insoslayables compromisos financieros con los objetivos estratégicos de las intervenciones urbanas.

Sin un protocolo blindado de sustentabilidad, los proyectos estratégicos quedan huérfanos, como una hoja en la tormenta.

Y esos protocolos deben dar protagonismo creciente a los grupos inversores que los hayan firmado.

Se revaloriza así el papel de las Políticas de Estado basadas en la sustentabilidad socio-económica, cultural y ambiental frente a la desregulación neoliberal.

Quiero creer que América Latina tiene cuadros político-técnicos a la altura del desafío de dar una respuesta latinoamericana a un problema mundial irresuelto: inteligencia, astucia y valentía para no ceder a los dictámenes de la coyuntura.

Ausentes esos recursos, debemos eliminar la palabra “estrategia” de nuestro vocabulario.

8. TRES PILARES DE LO ESTRATÉGICO

Es aquí donde resbalo hacia lo utópico, con la ilusión de que no lo sea: ¿cómo contrarrestar los peligros de la pérdida de ciudadanía e identidad?

Se me ocurren tres propuestas:

–       movilización socio-urbana

–       escalado dominable de las intervenciones

–       y reversibilidad de las mismas

El primer recurso es clave: está demostrado que la depredación es menor allí donde la resistencia social se inscribe en objetivos estratégicos.

En Cataluña el metro cuadrado de suelo rural vendido a los inversores en energía eólica es más caro allí donde hay movilización social en defensa del patrimonio y, por lo tanto, la localización y cantidad de “molinos” está más controlada. Gerona tiene unos anticuerpos que le faltan a Tarragona, donde estamos quedándonos sin horizonte.

El segundo recurso se asocia a la controlabilidad de los efectos, heredero de una cultura de cálculo de impacto. O sea, se ha de medir por anticipado el grado de controlabilidad de los operativos, y ajustar el proyecto a las correlaciones de fuerzas.

Un barrio de Amsterdam está construido con el principio de los pontones flotantes de desembarco: el barrio sube y baja conforme las mareas. En el siglo XXI, si es verdad lo que predicen los geógrafos: todas las ciudades costeras deberán imitar a ese barrio (comenzando por la misma Amsterdam).

Y el tercero, de importancia creciente en todos los ámbitos de desarrollo, es el inspirado en el principio de intervención mínima y reversible. Criterio justificado desde todos los planos de análisis, a excepción del plano del lucro financiero.

Debemos comenzar a concebir un proceso de desmantelamiento progresivo de las obras vandálicas del desarrollismo; pues ya ha comenzado la cuenta regresiva de la catástrofe.

Ser o no ser consciente

El discreto encanto del espacio público

El discreto encanto del “espacio público”

La ciudad es un objeto espacial que ocupa un lugar y una situación […], es una obra, [su] espacio no está únicamente organizado e instituido, sino que también está modelado, configurado por tal o cual grupo de acuerdo con sus exigencias […], su ideología.

Henri Lefebvre (1976 [1972]: 65)

El espacio público ha llegado hoy a representar uno de los conceptos más controvertidos en el estudio de la ciudad y, a la vez, un término largamente estandarizado que debe su éxito al uso que han hecho de él muchos políticos, arquitectos y urbanistas de prestigio internacional a lo largo de las últimas décadas. El uso generalizado del término “espacio público” como categoría pura y exenta de su naturaleza conflictiva, entendería este concepto a partir de la completa anulación de su connotación política y económica. La reciente explotación institucional de esta expresión parece ser sistemáticamente asociada, no tanto con una moralidad, sino más bien con la legitimación de aquellas políticas urbanísticas de corte clasista promovidas al fin de perpetuar determinadas formas de vivir, pensar y habitar la ciudad. Formas, sobre todo, de hacer ciudad que acaban siendo verdaderas prácticas y representaciones de la misma ciudad en sí, dirigidas a plasmar las experiencias subjetivas de los usuarios del espacio en términos de obediencia política y consumo comercial formalizado. Todo esto configura, y al mismo tiempo justifica, la actual lógica de mercado a la cual la fusión neoliberal entre lo público y lo privado ha sometido la ciudad contemporánea y su espacio urbano.

La acelerada urbanización que, a lo largo de las últimas décadas, ha caracterizado las prácticas de gobernanza política, no constituye un fenómeno sui generis respecto al actual contexto político-económico de la ciudad, sino la evidencia de su propia vinculación directa al desarrollo del capitalismo neoliberal y sus violentas operaciones urbanísticas de desposesión generalizada del bien común (Harvey, 2003; Caffentzis, 2010). Se trata de un proceso que consiste en el uso de métodos de la acumulación capitalista originaria para mercantilizar ámbitos hasta entonces cerrados al mercado, y que se realiza mediante diferentes prácticas: la privatización, la financiarización, la gestión y manipulación de las crisis, las redistribuciones estatales de la renta, así como la privatización de empresas, de servicios públicos y de la más amplia propiedad comunal. Sin embargo, tales prácticas necesitan también autolegitimarse. Es justamente por este propósito que el capitalismo tardío exige comportamientos obedientes y amoldados al orden vigente en temas de “civismo” y “ciudadanía”.

Todo ello es generado y mantenido mediante una retórica de igualdad que se materializa en un “espacio público de calidad”, es decir, un espacio que tiene que ser absolutamente rescatado de la conflictividad, del movimiento descontrolado, de la agitación intrínseca a todo “usuario”, un espacio sin desobediencias (Delgado, 2011). El proceso de desposesión capitalista se convierte entonces en una colosal maniobra de remoción y expulsión, de desalojo —nunca mejor dicho—, de los elementos constitutivos del espacio. De lo contrario, resultaría muy difícil —cuando no imposible— realizar su operación de compra-venta por parte del urbanismo neoliberal. Aun así, no se trata de eliminar el espacio urbano como tal, sino de privarlo de su atributo vital, de lo urbano: anonadar su agitación, limitar su reproducción sociocultural, controlar su movimiento incesante, negar sus relaciones, domar sus deserciones, racionalizar sus usos y acceso. Se produce así un espacio urbano sin lo urbano, ocultado por parte de los saberes técnicos oficiales, criminalizado por las autoridades y reprimido por las instancias de poder y sus retóricas. En una palabra, un espaciodesconflictivizado, que no es sino lo que hoy día solemos concebir y describir como “espacio público”.

Sin embargo, se hace cada vez más difícil hablar de “espacio público” sin adoptar una perspectiva que considere el uso del espacio, no solo como una estrategia y/o técnica de poder y control social, sino también como una manera de ocultar estas mismas relaciones. Gracias a las más recientes aportaciones de las ciencias sociales, hemos empezado a entender el espacio como una estructura, o mejor dicho, como un marco estructural donde tiene literalmente lugar la producción, reproducción y apropiación del propio espacio por parte de los individuos que lo practican, lo experimentan física y sensorialmente (Low y Lawrence-Zúñiga, 2003). En tanto que fenómeno social producido y reproducido por las prácticas diarias de cada persona, el espacio requiere ser entendido como un proceso social constantemente en curso y repleto de significados. Un espacio invariablemente dinámico que siempre será, por encima y más allá de las estandarizaciones de muchos urbanistas, arquitectos y planificadores, objeto de su propia configuración y uso por parte de los sujetos que se mueven en él (Delgado, 2007). En definitiva, si la ciudad es un objeto, lo urbano es pura vida. Si la ciudad es sustancia y esencia, lo urbano es espontaneidad y relación donde la existencia recíproca de diferentes formas de concebir y usar el espacio lleva a la generación inevitable de los conflictos.

A raíz de esta perspectiva, el espacio no puede ser entendido como un objeto estático atrapado en su forma arquitectónica, sino como un proceso intrínsecamente dinámico y, por lo tanto, sujeto a todo tipo de contradicción, recorrido por un sin fin de conflictos y repleto de ideologías y relaciones de poder. Esto implica el reconocimiento de la existencia de las experiencias tanto individuales como colectivas del espacio y la elaboración de modelos de apropiación espacial antagónicos (Goonewardena, 2011). Sin embargo, parece que el discurso político actual se empeñe en confirmar la conceptualización sublimada de un “espacio público de calidad”, gratuitamente privado de toda estructuración jerárquica, abstraído de cualquier tipo de práctica de dominación, y que no contempla el conflicto ni el consumo, ni mucho menos el control social. Un espacio ilusorio donde sólo cabe la paz, la tranquilidad, la ausencia del conflicto, y que pretende encarnar y materializar cualquier ideal de democracia, civismo o ciudadanía (Delgado, 2011).

En esta dirección, es interesante notar como parte considerable de la literatura clásica sobre el estudio de la ciudad no hace prácticamente ninguna referencia al concepto de “espacio público” tal como hoy se entiende, y en los pocos casos en que este se menciona siempre se usa como sinónimo de plazas, calles o aceras. John Lofland (1985), por ejemplo, concibe el espacio público en mera yuxtaposición al espacio privado, el acceso al cual queda legalmente restringido. En este caso, el espacio público representa, entonces, aquellas áreas de la ciudad a las cuales cada persona en general tiene libre acceso. Erving Goffman (1979 [1971]), en cambio, utiliza el término para referirse a un espacio físicamente cruzado por los individuos que se encuentran casualmente en él, entendido como un espacio de y para las relaciones que se desarrollan “en público”. De ello que el análisis socioantropológico del espacio pase a ser desarrollado en términos de “proceso social”. En este sentido, es significativo que el mismo Henri Lefebvre (1974: 433) utilizara la expresión espacio público en una única ocasión, y justamente para afirmar que lo público como tal no existe sino que queda sistemáticamente organizado bajo la hegemonía de lo privado. Ligado a ello, el urbanismo funcionaría como un conjunto de conocimientos, saberes, prácticas y discursos organizados desde instancias de poder que organizan la ciudad confiriendo al espacio la movilidad económica necesaria para asegurar y mantener su condición de mercancía (Smith, 1987).

Bajo una apariencia positiva, humanista y tecnológica, el urbanismo oculta y disimula tras esta gigantesca operación, sus ambiciones fundamentales de dominio del espacio, esto es, oprime al “usuario” reduciéndolo a mero consumidor del espacio urbano y generador por excelencia de plusvalías. He aquí la neta oposición lefebvriana entre el espacio vivido y el espacio concebido, es decir, entre el espacio de los usuarios y el de los planificadores (Lefebvre, op. cit.). Si el espacio vivido se configura mediante las prácticas y usos del espacio que los individuos hacen en la vida cotidiana, el espacio concebido es, en cambio, la representación de este espacio que está vinculado a las relaciones de poder y de producción establecidas por el orden capitalista. Dicho en otra forma, tenemos, por un lado, el espacio mercancía, concebido y movilizado por instancias político-económicas en tanto que valor para obtener plusvalía, y, por el otro, el espacio vivido, el espacio de la experiencia producido a través de las prácticas, los usos, las relaciones sociales de cada día.

Se trataría de un conflicto entre el uso y el consumo del espacio que no implica necesariamente una negación, puesto que el urbanismo procurará a toda costa ajustar el espacio vivido al espacio mercancía, es decir, los valores de uso del espacio tendrán que subordinarse a las exigencias del valor de cambio del mismo. De ese modo, la lógica de acumulación que busca plusvalías en el espacio, no solo intentará regular el funcionamiento del valor de cambio, sino que pretenderá también definir los deseos y necesidades subjetivas socialmente significativas, así como las prácticas que conforman el espacio vivido (Baptista, 2013). De ese modo, se genera y legitima un espacio concebido al servicio de una ideología dominante y con la ambición de imponerse sobre el espacio vivido, hegemonizándolo mediante discursos que configuran un lenguaje que se presume técnicamente inopinable y moralmente cierto. El espacio concebido se configura, en otras palabras, nada más que como una ideología disfrazada de conocimientos científicos incuestionables que se oculta tras el lenguaje técnico y pericial del urbanismo neoliberal.

Sin embargo, esta retórica obstinada que pretende revelar los supuestos beneficios del espacio público, representa en realidad un instrumento indispensable para desplegar la acción administrativa y el control racionalizador sobre las intervenciones de planeamiento urbano —y no urbanístico—del espacio. Se trata de una herramienta indisolublemente asociada a los procesos de higienización y normativización de los individuos dentro de un campo semántico hecho de discursos y representaciones propias de aquellos saberes técnicos y científicos que materializan un “urbanismo contaminador”. A través de tales discursos, se construye un consenso mayoritario sobre quiénes son los ciudadanos “legítimos” y “normales”, y se llevan a cabo estrategias de segregación espacial, evitaciones simbólicas así como la construcción de la invisibilidad social. Lejos de representar fenómenos exclusivos de aquellas zonas de la ciudad que se conciben como “centrales”, dichas estrategias han llegado hoy a ser aplicadas en las propias periferias urbanas. La supuesta regeneración del barrio del Bon Pastor, en San Andreu, o la del barrio de La Mina, en Sant Adrià de Besòs, son solo algunos de los numerosos casos emblemáticos de cómo los procesos de exclusión y segregación de determinados grupos del uso del espacio serían parte esencial de las dinámicas de pacificación y homogeneización del mismo, necesarias para su desvalorización y/o revalorización en el mercado. Detrás de las retóricas del espacio concebido subyacen, de hecho, representaciones de higiene y moralidad aplicadas aparentemente al individuo (Sennett, 2007 [1994]), pero que en realidad tienen la función de legitimar o deslegitimar formas de vida urbana sistemáticamente consideradas inconcebibles o, más simplemente, improductivas frente al sistema capitalista.

Asimismo, en manos de determinados urbanistas, proyectistas, arquitectos y tecnócratas, estas retóricas se convierten en un instrumento discursivo clave a la hora de que el capitalismo intervenga y administre aquello que siendo presentado como espacio y que no deja de ser simplemente suelo, es decir, espacio inmobiliario, espacio para comprar o vender. La supuesta igualdad de relaciones que implicaría el fantasmagórico concepto de espacio público se ve desacreditada hoy día por una especulación inmobiliaria sin precedentes históricos, un masivo proceso de gentrificación que roza peligrosamente la utopía social, y un control normativo extendido sobre cada tipo de práctica relacional. Pero también por la represión de cada alternativa no solo posible sino propiciable, un dominio institucionalizado de la subjetividad personal y una más amplia explotación capitalista sin escrúpulos de la vida en general (Rabinow, 2003). La práctica y la representación idealizada de un espacio público como algo armonioso, neutral, idílico y libre de inquietud y agitación social llega a ser una mera falacia en una sociedad capitalista donde la lucha de clases representa todavía una realidad cotidiana innegable a pesar de toda tentativa de invisibilizarla.

La violencia urbanística que ha caracterizado las más recientes políticas urbanas desplegadas por el gobierno de Xavier Trias en Barcelona, pone en evidencia esa utopía social de un espacio pacificado y libre de conflictividad social. En este sentido, se hace imprescindible cuestionar las implicaciones reales que dichas políticas tienen con lo urbano a la hora de dar forma a un espacio supuestamente “público”, esto es, a la hora de ser políticas urbanísticas que se pretenden urbanas. La privatización parcial o total de parques públicos como el Park Güell, la fragmentación territorial de Collserola o la implementación de un urbanismo social de fachada como en el caso del Pla Buits, representan procesos cada vez más frecuentes de turistificación y normativización del espacio que apuestan por un uso instrumental y no intensivo del mismo.

Asimismo, el desmantelamiento de Mount Ziono la cierta domesticación de la Flor de Maig en el Poblenou, el desalojo inminente de La Carbonería en Sant Antoni, la vacua y estéril solarización de Vallcarca o la más reciente tentativa de destrucción de Can Vies en Sants, son solo algunos ejemplos, todos ellos en Barcelona, que evidencian la obstinada imposición de un discreto encanto del “espacio público” como elemento represor y fetiche de las retóricas de regeneración en que el mismo se arropa. Sin embargo, no se trata únicamente de una cuestión catalana, ni exclusiva del Estado español. Tenemos ahí diferentes ejemplos de represión por parte de la autoridad en varias ciudades de Brasil, en el marco de la celebración del Mundial de Futbol de 2014 y las Olimpiadas de Río de Janeiro en 2016, o, algo más cerca, los hechos acontecidos en junio de 2013 en el Parque Taksim Gezidede Estambul, en Turquía; la criminalización de la lucha No-TAV en Val di Susa, en Italia; la subasta de la isla de Poveglia en Venecia, etc. Todo ello encubiertamente perpetuado al culto de un “espacio público de calidad”, que, en realidad, no deja de ser sino un mero espacio contra el público.

Bibliografía

BAPTISTA, L. A. S., (2013), “The Cities of Need. Capitalism and Subjectivity in the Contemporary Metropolis”, Psicologia&Sociedade, 25 (n. sp.), pp. 54-61.

CAFFENTZIS, G., (2010), “The Future of ‘The Commons’: Neoliberalism’s ‘Plan B’ or the Original Disaccumulation of Capital?”, New Formations, 69, pp. 23-41.

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GOONEWARDENA, K., (2011), “Henri Lefebvre y la revolución de la vida cotidiana, la ciudad y el Estado”, URBAN. Revista del Departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio, nº S02, pp. 25-39.

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SENNETT, R., (1994), Carne y piedra: el cuerpo y la ciudad en la civilización occidental, Madrid: Alianza, 2007.

SMITH, N., (1987), “Gentrification and the rent-gap”, Annals of the Association of American Geographers, 77(3-1), pp. 462–465.

La Arquitectura hoy día se lee como urbanismo

La arquitectura hoy día se lee como urbanismo.

Doctorando, Mg.  Arq. Percy C. Acuña Vigil

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La arquitectura hoy día se lee como urbanismo. Hablamos del urbanismo de la diferencia.

Hoy día cuando hablamos de arquitectura hablamos de la arquitectura para la necesidad, de la arquitectura del servicio, hablamos de lo que se necesita para los más, para los que carecen.

Cuando estamos en América Latina se habla de las ciudades que quieren ser ciudades. Nuestras ciudades hoy día son ejemplo de todo lo que le falta a una ciudad, y es el laboratorio en donde se comprueba el drama de lo que es la ausencia de arquitectura.

Hoy día se habla de poblaciones que no tienen estatuto humano y deben de tenerlo.

De poblaciones que no tienen ciudadanos y que cuando se les menciona sólo es de nombre porque carecen de deberes y sólo saben de exigir derechos.

Quienes todavía persisten en hablar de la arquitectura de la elite se quedaron en el siglo 18, o todavía siguen un cuento que ya para nadie que está informado, que ya no es ignorante y que sabe y conoce que lo que vende el negocio de la arquitectura es sólo eso. Un vulgar negocio más.

Cuando hablamos de enseñar arquitectura se debe deslindar el campo en el que se habla, en el del negocio y en el del lucro fenicio, que no es el campo académico, que no es el campo de la arquitectura, que no es el campo de la moral ni el de la ética.

Simplemente es el campo de los negocios. Eso tiene otro lugar.

Un negocio consiste en un sistema de obtener dinero. El negocio es una operación, relacionada con los procesos de producción, distribución y venta de servicios y bienes, con el objetivo de beneficiar a los vendedores.

Tradicionalmente, la Academia ha sido establecida como el espacio en el cual diferentes tipos de estudios son desarrollados, buscándose así transmitir el conocimiento adquirido por el ser humano a través del tiempo.

Lo académico no es el campo de los chamanes, ni de los brujos. Es el campo de quienes profesan la investigación y la episteme, que es el conocimiento mediante la investigación y la búsqueda de la verdad.

Uno de los problemas aquí es que se sigue pensando en la arquitectura de elite. La arquitectura de los pocos, la arquitectura de la aristocracia.

Parecería que se continua añorando La República Aristocrática que es el periodo de la historia del Perú comprendido entre los años 1899 a 1919 caracterizado por la sucesión de gobiernos dirigidos por la élite política y económica del país, marcado por la alianza entre las elites política y económica para poder gobernar el Perú, eliminando cualquier otro tipo de propuesta política que no proviniera de este consenso.

Parecería que se sigue añorando esta situación, orientando el hablar de la arquitectura al servicio de esta idea, que es una idea totalmente desfasada y que hoy no tiene ninguna importancia salvo la de que identifica el reducto minoritario y sin importancia de la elite.

Este reducto minoritario es el reducto de la arquitectura de quienes usufructúan del resto.

Una paradoja en esta situación es la de que quienes añoran la republica aristocrática precisamente no provienen de la elite ni de la aristocracia, provienen de los estratos medios pobres y que en la arquitectura se proyectan y la sienten como medio de asención social.

Aquí en el fondo está el estigma de la discriminación y del racismo embozado que bajo la máscara de la arquitectura vende copias y trampas sin valor y precisamente sin identidad.

Un problème ici est qu’il ya des gens qui croient encore dans l’architecture de l’élite. L’architecture de quelques-uns, l’architecture de l’aristocratie.

Il semble que le désir continu La République aristocratique qui est la période de l’histoire du Pérou entre les années 1899-1919 caractérisé par une succession de gouvernements dirigés par l’élite politique et économique du pays, marquée par l’alliance entre les élites politiques et économiques pour gouverner le Pérou, éliminant toute autre proposition politique qui ne est pas venu de ce consensus.

Il semble que cette situation est encore languir guider le discours de l’architecture au service de cette idée est une idée complètement dépassée et aujourd’hui n’a pas d’importance, sauf qui identifie la redoute minoritaire sans signification réelle, sauf pour celle de la l’architecture qui l’usufruit du reste.