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¿Se puede ser arquitecto sin saber latín?

Percy Acuña Vigil

Pensamiento sobre la ontología de la ciudad

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¿Se puede ser arquitecto sin saber latín?

Por: Anatxu Zabalbeascoa | 26 de febrero de 2014

 

Bohigas

Foto: Leila Méndez

Oriol Bohigas (Barcelona, 1925) defiende la arquitectura como un arte cívico. En medio de la redefinición profesional que viven los arquitectos puede que las voces discrepantes con la tónica generalizada, que busca adaptar la profesión a una nueva sociedad y rentabilizar un conocimiento, sean las que den más que pensar. En cualquier caso, voces discrepantes como la de este arquitecto y urbanista  barcelonés resultan reveladoras del propio cambio que atraviesa la disciplina.

El que fuera director de la Escuela de Arquitectura de Barcelona y concejal de Urbanismo y de Cultura del Ayuntamiento de esa ciudad, además de uno de los referentes en la arquitectura de postguerra catalana, contesta a tres preguntas:

¿Qué ha cambiado más en su profesión desde que consiguió sus primeros trabajos? Para los arquitectos que terminamos la carrera en los años 50, el reto más importante era cultural: luchar a favor de la tradición moderna de la arquitectura que había sido abandonada –y prohibida– por el franquismo, sobre todo en la primera postguerra. En esta lucha, el joven arquitecto disponía de un prestigio social, cultural y profesional que le permitía participar en las decisiones e imponerse a otros intereses menos culturales de la profesión. No se consideraba -como ahora ocurre– que el objetivo profesional de los arquitectos jóvenes fuera acabar empleados de una sociedad de explotación inmobiliaria o colaborar acríticamente con ellas. El joven arquitecto tenía prestigio y se le atribuía solvencia en los procesos de autoría. Tenía bastante autoridad, ocupaba lugares de compromiso dentro del núcleo dirigente de la sociedad, aunque sus equívocos ideológicos no le permitían conseguir transformaciones profundas como se habían propuesto los de la generación de la república. La autoridad –y la independencia de juicio– provenían de la aureola académica de la carrera pero también del conocimiento profundo de las diversas técnicas de la construcción. Los problemas los sabía resolver el arquitecto mejor que nadie, seguramente porque había cursado una carrera universitaria larga, difícil y revestida por un prestigio social y económico. En la actualidad el panorama ha cambiado.

¿Cuál era entonces la dificultad y cuál es ahora? Al arquitecto no se le considera una autoridad superior y decisiva porque los ingenieros, las ingenierías, los aparejadores, los managers -con menos cultura general y con menos preocupaciones teóricas- disponen de conocimientos  técnicos más que suficientes  para resolver los problemas habituales. Y para resolver la calidad de los ambientes interiores y la estética y la funcionalidad de la construcción lo habitual es disponer de los decoradores (o decoradoras) siempre tan serviciales.

¿Pueden recuperar los arquitectos esa autoridad de la que habla? Ahora ya es muy difícil pero quedan todavía dos caminos. Primero: mejorar su educación tanto en tecnología como en atributos sociales y culturales, de manera que vuelva a ser el autor real y operativo. Segundo: exigiendo ya, desde la formulación de los encargos, una consideración cultural que permita atribuir a una construcción la jerarquía de una arquitectura.

En resumen: habría que volver a una educación universitaria fuerte, oficial, compleja, humanística, pluridisciplinar y, si me permiten,

elitista. Jujol decía que sin saber latín no se podía ser arquitecto.

Así, habría que volver a tratar a la arquitectura -especialmente desde la Administración– como un fenómeno prioritariamente artístico y como una aportación socialmente cívica.

La extinción de los arquitectos

 


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